La tregua


Iarley Stiben Rodríguez
Universidad del Valle
—Arrepentíos… y seréis salvos, dice el señor —decía el predicador desde aquel andén, contiguo a la tienda de doña Claudia, que por sus casi sesenta centímetros de altura le daba la sensación de estar sobre un púlpito verdadero—… seréis salvos del diluvio que avecina.
—Noooo, pastorcito, ese diluvio ya pasó hace rato —le dijo uno de los borrachos en tono burlón, de esos pensionados que frecuentaban el recién inaugurado, sin listones ni tijeras, estanco de doña Claudia.
Los demás borrachos se echaron a reír hasta quedar sin aire, y él, que no le hizo gracia y nunca entendió de humor, veía diminutas esas caras de ojos llorosos y saltones, esas bocas grandes de negros, blancos y grises, salpicando babas y emitiendo esas risillas tan hilarantes que, según él, allá en sus adentros, merecían ser silenciadas como se le baja el volumen al radio cuando escupe esa música maldita de Changó, hasta llegar al tope, y el aire vuelve a estar en paz y silencio; al menos hasta que a algún desgraciado vecino le da por poner otra canción, así volvemos al infierno.
—Vendrá otro diluvio, don Ever, y este va a ser peor —le respondió el pastorcito con una diplomacia que a millas se notaba fingida.
—Oiga, pero a su Dios como que solo le gusta arreglar las cosas con diluvios, ¿no? —añadió Ever, todos volvieron a reír—. Además, en este pueblo llueve cada vez que se aparece un muerto, o sea todos los días… ya fuera pa que dehace rato. Dígale más bien… diga… dígale que… dígale que invente otro… otro métod…
Ever se desplomó y sus ojos permanecieron abiertos, y su rostro comenzó a vestirse de rojo, hinchado, como si estuviese a punto de explotar. Y las risas que parecían cual electrones, «yomemandos» e impredecibles, se detuvieron ipso facto. Ninguno se paró de su asiento, esperaban que fuera una broma y que el bufón se levantara con una pendejada en cuanto alguien le intentara brindar auxilios. No pasó. Los segundos largos de expectativas dieron paso al grito rompe vidrios de las viejas «yolodoyporunafria», y al sonido rasposo de las sillas que se corrían para auxiliar al bufón caído, y a los golpecitos pivotantes de las botellas tropezadas. Olga, la enfermera, que había pasado por ahí solo por una casualidad —una llamada Ruben, de esas que a su esposo no le gustaban— acudió de inmediato a tomarle el pulso, para luego de tres intentos dar el veredicto mortal, veredicto que provocó otra estampida de trágicos gritos, esta vez casi futboleros, de las viejas «yolodoyporunafria», y los sonoros ademanes de amigos panzones e imbañables, y los llantos hilarantes de las ya mencionadas.
Nadie dio diagnóstico, pero no hacía falta esperar a que lo diera el forense, ya todos sabían que el médico se la tenía sentenciada a Ever: «Su corazón no aguanta ni una cerveza». Ever había creído que el médico estaba exagerando, que hablaba «mucha carreta», que seguramente iba a seguir viviendo como si nada hasta el día de su muerte. No se equivocó. Sus cálculos fueron tan exactos que continuó viviendo como si nada durante dos semanas después del veredicto, a punta de cerveza, hasta aquel día de su muerte.
Varios minutos después el predicador, que aquel infortunio le había interrumpido veinte minutos de predica planeados, vio en ello una señal del cielo para ganar algunas almas, así que, levantando su mano derecha, con la biblia de cuero que brillaba con los rayos del sol, dijo a voz en cuello:
—Esto, hermanas y hermanos, no es una tragedia, es una señal… una advertencia —varios vecinos comenzaron a fruncir el ceño—. Como ustedes saben, Ever es un, digo fue, fue un hombre que… constantemente se burló del Señor. Hoy mismo, con la aprobación de ustedes, se burló del Señor. Y como vemos… tuvo el destino que él mismo se asignó. Así que hermanos… —los vecinos ya se acercaban, unos con botellas y otros con los puños apretados— yo les pregunto, ¿es ese el destino que quieren ustedes para sus vidas?
—¿Sí? Vos también acabaste de elegir el tuyo, hijueputa.
—Hermanos…
—Aquí nadie es hermano tuyo.
—Hoy van a haber dos muertos, como que la lluvia va pa largo.
Al pastor le pudo más el miedo que la fe. Comenzaron a caer las gotas rojas. El cadáver de Ever quedó en el suelo, a la espera de la ambulancia, mientras unos vecinos corrían a buscar escampadero y otros perseguían al pastor como tigres tras una presa que olvidó orar mientras huía. Horas después, casi maldijo al Creador al llegar a su casa: la ropa hecha hilachas, el cuerpo convertido en un dálmata —mulato, cubierto de círculos morados nauseabundos— y la cara vuelta nada…
Nadie esperaba una tormenta, pues las pandillas estaban en tregua, se creía que no habrían muertos esa noche.
***
«Miré y vi un caballo amarillento
Y el que lo montaba se llamaba muerte»
A las tres de la madrugada, ya el pueblo estaba completamente sumergido; solo la iglesia seguía en pie, limpia. Los cuerpos flotaban sin rumbo: unos ahogados, otros con una herida de bala en la frente. El jinete avanzaba en una canoa improvisada con baldes, las miradas de los muertos lo seguían, ¿acaso acusadoras? La lluvia cesó con el último disparo: el jinete cayó entre los cadáveres.
Ahora el cielo está en silencio, pero minutos antes lloraba a cántaros por la penúltima muerte: la del infante que, indefenso, llamaba a su madre para que lo rescatara del líquido inmisericorde. El jinete contó ese disparo como piadoso. Quizá también lo fueron los otros: los que mató para que el diluvio no se los tragara mientras nadaban hacia un lugar seco.
No hubo piedad, en cambio, para los pandilleros que mató a la orilla del lago, allí donde se abrieron las puertas del cielo. A ellos les cayeron las saetas de fuego y pólvora con la misma furia con que luego caería la lluvia. Tampoco hubo misericordia para las prostitutas que mató después, junto al salón de los Testigos del Reino:
—Aborrecerán a la ramera —murmuró antes de apretar el gatillo—, la dejarán desolada y desnuda…
Cayó el cuerpo.
—Y devorarán sus carnes…
Otro disparo.
—Y la quemarán con fuego.
Cuando ya no quedaba nadie vivo en el pueblo, y ya el gigante rojo se levantaba por el oriente, el eco trajo de nuevo las palabras que antes había pronunciado el jinete «Quitad pues de entre vosotros al perverso».



