La universidad como promesa de movilidad social

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Christian Camilo García
Universidad Santiago de Cali
Desde que tenemos memoria, nos repiten la misma consigna: “Estudia para ser alguien”. Como si antes de un título universitario no existiéramos del todo. Nos venden la universidad como salida de la pobreza, el diploma como garantía contra la incertidumbre, el esfuerzo académico como boleto seguro al progreso. Esa promesa pasa de padres a hijos, de profesores a estudiantes, de discursos políticos a folletos relucientes, hasta volverse una verdad incuestionable.
Pero al ingresar, la realidad golpea. El título no asegura empleo digno, el empleo no trae estabilidad y la estabilidad es un lujo lejano. Estudiar se convierte en una carrera contra el endeudamiento del ICETEX, la precariedad laboral y la frustración profesional. La universidad, que prometía ser una escalera hacia el ascenso social, termina apoyada en una pared equivocada: un título que llega, pero un futuro que no.
La universidad como mito de movilidad social
Durante décadas, la universidad se ha presentado como el gran mecanismo de movilidad social. Estudiar se volvió sinónimo de progreso y redención económica. En muchas familias pobres de Cali, el hijo o la hija que llega a la universidad encarna una apuesta colectiva: “Tú serás el primero con título en la Universidad del Valle”.
Esta fe adquirió rasgos de religión moderna. El diploma funciona como promesa trascendental; la universidad, como templo del mérito donde la perseverancia supuestamente garantiza prosperidad. Sin embargo, la sociología ha desmontado este dogma: el origen social continúa determinando las trayectorias educativas y laborales. Estudios recientes confirman que el nivel socioeconómico familiar, la educación de los padres y los recursos financieros pesan más que el talento individual, incluso en sistemas educativos avanzados (Andersen & Hansen, 2024).
Padres sacrifican sus economías con el mantra “para que no seas como yo”; profesores repiten “sin pregrado no hay futuro”; gobiernos venden programas como Generación E como salvación; los medios exhiben egresados en torres de cristal de Bogotá, silenciando a la mayoría que termina en la informalidad. Así, la movilidad social se narra como cuestión de voluntad individual, mientras se ocultan las desigualdades estructurales.
En Colombia, la fractura es evidente. En ciudades como Cali, estudiar implica trabajar en plataformas digitales, desplazarse varias horas al día y endeudarse simultáneamente con el ICETEX. Solo una minoría de jóvenes de estratos bajos accede a la educación superior pública, y muchos egresados enfrentan subempleo o informalidad. La llamada “Curva del Gran Gatsby” lo confirma a escala global: a mayor desigualdad, menor movilidad social. Cuestionar este mito implica admitir que el ascensor social es, para miles de estudiantes del Valle del Cauca, una cinta sin fin.
El ritual del endeudamiento
Si la universidad es el templo del mérito, el endeudamiento es su primer ritual de entrada. Matrículas crecientes, fotocopias, transporte desde Siloé hasta Meléndez y manutención convierten estudiar en un privilegio costoso incluso en la educación pública. Para miles de estudiantes, la vida universitaria nace endeudada y acompañada de turnos nocturnos en plataformas de reparto: trabajar deja de ser una opción y se vuelve una condición de supervivencia.
En Colombia, el ICETEX se presenta como política de inclusión, pero en la práctica hipoteca los salarios futuros de quienes aún no han egresado. La deuda pasa de ser “inversión en capital humano” a una cadena prolongada: cuotas que absorben el primer sueldo, intereses que se acumulan como maleza. Estudios internacionales confirman que el endeudamiento estudiantil deteriora el bienestar económico y la salud mental, especialmente en contextos de alta desigualdad social (meta-análisis sobre deuda educativa, literatura indexada en PubMed).
La promesa laboral también se desvanece. El mercado ofrece contratos temporales, prácticas mal remuneradas y empleos sin relación con la formación académica. La expansión de la educación superior no ha producido movilidad social, sino sobre cualificación masiva: más títulos que empleos dignos (Torche & Hägglund, 2022). En la Universidad del Valle circulan historias similares: el compañero que abandonó Medicina por no poder pagar el crédito, la colega graduada en Derecho que conduce Uber porque “abogados sobran, clientes faltan”.
Estas experiencias no son excepciones, sino síntomas de un sistema que produce profesionales para una economía precarizada. La universidad promete ascenso, pero entrega resistencia mínima. Estudiar ya no eleva: apenas evita el abismo.
Frustración generacional: títulos sin futuro
Cumplimos el ritual completo: madrugones en bus desde Siloé, noches en vela para exámenes, deudas del ICETEX firmadas con fe ciega. Nos vendieron que, “haciendo todo bien”, llegaríamos. Pero el título cuelga enmarcado mientras sirves cafés, das clases particulares por veinte mil pesos la hora o conduces en InDriver porque, como se repite en voz baja, “ingenieros sobran, proyectos faltan”.
La fractura es generacional. Nuestros padres migraron del campo o de barrios periféricos creyendo que sus hijos romperían el techo de cristal con la universidad. Nosotros, millennials tardíos y centennials, egresamos a una economía de plataformas donde la estabilidad es un privilegio de otra época. Las estadísticas lo muestran: los ingresos reales de los jóvenes profesionales se han estancado o reducido, mientras el costo de vida —especialmente la vivienda— se ha disparado. Hicimos “todo correcto”, pero el sistema reescribió las reglas del juego.
Este choque no es un capricho juvenil, es una traición estructural. En corrillos universitarios se escucha la confesión recurrente: “Me siento fracasado, aunque tuve promedio de 4.4”. Una colega psicóloga relata adolescentes con burnout antes de empezar sus prácticas. El sentimiento de fracaso se filtra en conversaciones cotidianas: ¿para qué esforzarse si el mérito no paga cuentas? La universidad formó una generación con títulos, pero sin horizonte claro, atrapada entre las expectativas parentales —“con tu carrera no te faltará nada”— y la realidad del subempleo crónico.
No es vagancia ni “generación de cristal”. Es un pacto roto: entregamos esfuerzo sobrehumano y recibimos supervivencia precaria.
De promesas infantiles a frustración adulta, la universidad reveló su verdad incómoda: no siempre es una escalera hacia el futuro, sino una red de seguridad agujereada contra la caída libre.
¿Promesa rota o promesa transformada?
La universidad no es una mentira absoluta, pero tampoco es la escalera automática al éxito que nos vendieron. Es un campo de disputa: entre el conocimiento como derecho y el conocimiento como mercancía; entre la formación crítica y la producción de mano de obra flexible; entre el sueño colectivo y la deuda individual.
Aun así, sigue ofreciendo algo valioso. Es uno de los pocos espacios donde se puede pensar críticamente el mundo, construir comunidad y producir saberes no dictados exclusivamente por el mercado. Para muchos jóvenes vallecaucanos, la universidad continúa siendo una puerta simbólica de dignidad, una forma de romper silencios y una herramienta para comprender las desigualdades que los atraviesan. El problema no es estudiar, sino el modelo que convirtió el estudio en una promesa individual de salvación.
La pregunta clave, entonces, es: ¿qué universidad necesitamos? Una que no endeude para incluir, que no precarice para formar, que no culpe al estudiante por fallas estructurales. Una universidad que entienda la movilidad social como un proyecto colectivo y no como un producto de mercado.
Quizás la promesa no esté completamente rota, sino transformada. Ya no se trata de “estudiar para ser alguien”, sino de estudiar para entender quiénes somos, qué sistema habitamos y qué futuro queremos disputar. La universidad debería ser una plataforma colectiva para imaginar otro mundo posible, no una escalera individual hacia un éxito cada vez más inaccesible.
Referencias
Andersen, P. L., & Hansen, M. N. (2024). *Social origins and educational attainment*. Sociological research indexed in PubMed. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/38572972/
DANE. (2025). *Observatorio laboral para la educación: Subempleo juvenil e ingresos de egresados*. Departamento Administrativo Nacional de Estadística.
Torche, F. (2018). Intergenerational mobility at the top of the educational distribution. *Sociology of Education*. https://doi.org/10.1177/0038040718760761
Meta-análisis sobre deuda estudiantil y bienestar económico. (2024). Public Health & Social Science literature indexed in PubMed.
Chetty, R., Hendren, N., Kline, P., & Saez, E. (2014). Where is the land of opportunity? The geography of intergenerational mobility in the United States. *The Quarterly Journal of Economics, 129*(4), 1553-1623. https://doi.org/10.1093/qje/qju022



