Lux: la voz interior de Rosalía

Foto: Alex G. Harper (Billboard)

Valentina Hernández Otero
Universidad de La Sabana
San Juan lo escribió así: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era...” Si uno oye LUX con atención, sabe que el versículo termina con Rosalía. No porque se crea diosa, sino porque canta desde un lugar que no le debe nada a lo terrenal. Confirma que la española es una de las compositoras más visionarias de nuestra generación, además de que marca un punto de madurez creativa donde su riesgo conceptual encuentra claridad emocional.
Dividido en cuatro movimientos —inspirado en Las Cuatro Estaciones de Vivaldi— LUX presenta 18 canciones (15 en streaming) que viajan entre cuerdas barrocas, fado, electrónica, flamenco, bolero y silencios casi sagrados. Más que una colección de temas, funciona como una misa larga donde lo divino se manifiesta en el cuerpo. Si Motomami (2022) fue el caos, LUX es la calma después del incendio.
Primer movimiento: Carne y fe
No es casualidad que Sexo, Violencia y Llantas, abra con los mismos acordes que Sakura, el final de Motomami. Es un puente, un hilo que quedó suelto en 2022 y que aquí Rosalía recoge para volver a sí misma. En este bloque, el cuerpo y la culpa son el eje. Divinize retorna a la barcelonina a su idioma natal, el catalán, después de 7 años sin cantarlo. Pero la que se roba el show es Porcelana, quizás una de las más desgarradoras del álbum. Inspirada en Ryōnen Gensō, la monja zen que se desfiguró para ingresar a un monasterio, Rosalía convierte esa historia en una declaración de control y no de sumisión. El tema tiene versos que sostienen todo el concepto del disco, como “El placer anestesia mi dolor; el dolor anestesia mi placer”. ¿El problema? El feat con Dougie F. Su intervención corta la tensión y la fluidez; no derrumba la canción, pero sí interrumpe cuando está en su momento más alto.
El movimiento cierra con Mio Cristo Piange Diamanti, donde Rosalía se luce vocalmente. Es aquí donde queda claro que, a nivel técnico, las canciones lentas son la verdadera prueba de fuego.
Segundo movimiento: El club de la plegaria
Este segundo movimiento, la misa baja del cielo al club. Berghain, single del álbum con Björk e Yves Tumor, mezcla techno, cuerdas y un coro operático que repite “su miedo es mi miedo” hasta convertir la ansiedad en mantra. Existe la teoría de que el single suele ser el tema más “débil” del disco, y aquí aplica un poco. Berghain es sólida, pero comparada con los puntos más altos de LUX, se siente menos profunda.
Mundo Nuevo y De Madrugá continúan la tensión entre rave y oración: percusiones flamencas, sintetizadores y letras que dialogan entre pecado y absolución. Muchos creen que las canciones calmadas son las débiles, pero en LUX son esenciales: son descansos necesarios y exigen un control vocal que pesa más que sostener un beat.
Entre ellas está La Perla: vals, guitarras, cuerdas, y una frase que ya encontró vida propia: “mi futuro será dorado”. Rosalía juega con la línea entre lo material y lo profético: perlas, Jimmy Choo, Rolls Royce, pero también un “yo” que busca algo más alto. Y ya que estamos: no hace falta buscar a un hombre escondido entre líneas. Podemos apreciar el talento y composición de Rosalía sin meter a nadie más en la historia.
Tercer movimiento: El espejo
Aquí Rosalía exhibe su humor y también uno de sus mayores riesgos de storytelling: Dios es un Stalker. Escribir desde el punto de vista de Dios —no solemne, sino vigilante— le permite hablar del desgaste que implica ser observada todo el tiempo. La canción es divertida y perturbadora a la vez. Luego llega La Yugular, inspirada en la mística sufí Rabia al-Adawiyya. Lleva la tensión al cuerpo: al pulso, la herida, la sangre. La referencia no es ornamental; Rabia hablaba del amor divino como entrega absoluta, y eso vibra en cada nota. Sauvignon Blanc baja la intensidad con una corta balada que suena a resaca emocional cantada en un musical por el personaje principal en crisis. “Mis Jimmy Choo los tiraré, mi porcelana dejaré caer” funciona como renuncia a ciertos lujos, pero también a cierta fe ciega. Es un corte breve, pero que te hace pensar.
Las exclusivas
Las tres canciones exclusivas del formato físico —Focu’ranni, Jeanne y Novia Robot— son fundamentales. Focu’ranni mezcla siciliano, flamenco y electrónica en un ambiente ritual. Jeanne, dedicada a Juana de Arco, explora la entrega total: fe, cuerpo, sacrificio. Es uno de los puntos más emotivos del disco. Novia Robot abre con una voz artificial vendiendo “Robóticas con K”, un infomercial distópico sobre mujeres hechas para servir. En mandarín canta “lo siento, mi amor, pero soy real”; en hebreo, “nací para revelarme”.
Como estrategia de marketing, tener exclusivas incentiva la compra del formato físico — un hábito que se pierde, aunque paga mejor a los artistas. El lado negativo: si eres fan sin dinero o sin reproductor de CD, te quedas por fuera de tres de las mejores canciones. Por eso circulan pirateadas en TikTok. No es ideal, pero es la realidad.
Cuarto movimiento: Revelación
El último movimiento cierra la misa con ironía y ternura. La Rumba del Perdón, con Estrella Morente y Sílvia Pérez Cruz, es un flamenco que suena a duelo y celebración; Memória, junto a Carminho, perfecta para llorar por aquel ser querido que ya no recuerda nada; y Magnolias, que sella el viaje con una línea potente: “yo que vengo de las estrellas, hoy me convierto en polvo para volver con ellas”. Cierra el ciclo emocional del disco con una reflexión sobre origen y retorno.
Entonces, ¿qué hace LUX?
A lo largo del disco, Rosalía canta en siete idiomas, pero no busca precisión literal: busca clima emocional. LUX no es un álbum pensado para la inmediatez: su fuerza está en la madurez artística y en la claridad de su universo propio. Tiene momentos desiguales, sí, pero incluso sus puntos bajos superan el promedio del pop contemporáneo.
Es un disco que no pide viralidad, sino atención. Oírlo es entrar en una obra que confirma que Rosalía ya no compite con nadie más que consigo misma.



