Matar por deporte: el barrismo y la violencia que se tolera

Foto: Ernesto Guzmán (EFE) / EL PAÍS

Anith Solórzano Garcia
Universidad Francisco José de Caldas
La primera camiseta de fútbol que tuve me la regaló mi tío. No vino acompañada de discursos sobre rivalidades ni de advertencias sobre enemigos. Fue un regalo simple, casi doméstico: para sentarnos juntos a ver partidos en la sala de la casa, comentar las jugadas, celebrar un gol o aceptar una derrota sin rabia. El fútbol, para él, era eso: un juego compartido, no una excusa para odiar.
Con los años entendí que esa forma de vivir el fútbol se volvió minoritaria.
Mi tío no era barrista. No pertenecía a ninguna tribuna ni creía que la identidad se defendiera a golpes. No caminaba la ciudad con la lógica del “ellos o nosotros”. El día que lo mataron no estaba disputando nada. No provocó. No respondió. No eligió bando. Simplemente estaba ahí.
Y eso fue suficiente.
En Colombia, el barrismo dejó hace rato de ser solo una expresión de apoyo futbolero. Desde los años noventa, las barras bravas se consolidaron como espacios de pertenencia en contextos atravesados por la exclusión, la violencia estructural y la ausencia del Estado. Lo que empezó como identidad colectiva terminó convirtiéndose, en muchos casos, en una organización donde la violencia no es un accidente, sino un lenguaje.
Territorios marcados. Jerarquías internas. Enfrentamientos pactados. Pruebas de “aguante” donde el cuerpo del otro se convierte en objeto. En ese escenario, matar no es un error: es una demostración. Una forma de ganar respeto. Un trofeo invisible que no se muestra, pero se celebra.
Matan por deporte.
No porque el fútbol lo pida, sino porque la violencia se volvió parte del ritual. Porque la rivalidad dejó de ser simbólica y se volvió física. Porque ya no importa quién juega, sino contra quién se pelea. Y en esa lógica, cualquier persona puede convertirse en objetivo: el hincha equivocado, el que no lleva la camiseta, el que simplemente pasaba…
Mi tío no fue una excepción. Es parte de una lista larga que casi nunca se enumera completa. Personas asesinadas antes, durante o después de partidos. Barristas y no barristas. Jóvenes, adultos, familias. Vidas reducidas a titulares breves, a explicaciones rápidas, a frases que alivian conciencias: “fue una riña”, “estaban enfrentados”, “algo debió pasar”.
Como si siempre hubiera una razón.
Como si la muerte necesitara justificación.
Lo más grave no es solo que el barrismo violento mate, sino que la sociedad lo haya aprendido a tolerar. Que se lo nombre como exceso y no como problema. Que se lo romantice como pasión. Que se lo administre con operativos policiales sin tocar lo estructural. Que se lo acepte como parte del paisaje urbano. Una sociedad que aprendió a convivir con la muerte, siempre y cuando no le toque de cerca.
Hasta que toca.
Esa violencia deja de ser ajena.
Entonces aparecen los nombres propios. Las sillas vacías. Los partidos que ya no se ven igual. La camiseta que deja de ser solo un recuerdo y se convierte en una pregunta incómoda: ¿en qué momento el fútbol dejó de ser juego para convertirse en amenaza?
Mi tío me enseñó que el fútbol también podía ser pausa. Silencio compartido. Emoción sin sevicia. Me regaló una camiseta para disfrutar el juego, no para defenderla con el cuerpo ni convertirla en frontera. No para odiar a nadie.
Hoy esa camiseta pesa distinto.
No por el color, sino por todo lo que se ha hecho en su nombre. Por las vidas arrebatadas. Por los nombres que no entran en los cánticos, pero sí en los cementerios. Por la costumbre de mirar hacia otro lado mientras la violencia se disfraza de tradición.
A mi tío no lo mató el fútbol.
No lo mató una camiseta.
Lo mató una ceguera colectiva que convirtió la pasión en permiso. Y mientras sigamos llamando pasión a la violencia, seguirán matando por deporte.



