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Palabras para no seguir siendo otros

Paulo Freire. Foto: Naturaliza
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Daniela Romero Pineda

Universidad Central

La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.

—Paulo Freire


Es inquietante cómo la mejor invención del ser humano es, al mismo tiempo, la mejor herramienta para darle luz a lo peor de él mismo. Aquello que nos distingue de otras especies, que nos permitió ser como los engranajes de un reloj, crear civilizaciones y transmitir el conocimiento a través de los siglos, también ha sido el instrumento más preciso para herir, excluir y dominar. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿qué es eso que nos hace padecer la condición de ser humanos? ¿Cuál es ese gran invento que nos observa desde lejos como un espejo torcido, devolviéndonos una imagen deformada, pero reconocible? La respuesta a estas preguntas es el lenguaje.


El lenguaje no es solo un sistema de signos; es el espacio donde se construye la realidad humana. A través de las palabras nombramos el mundo, al nombrarlo, lo ordenamos y le damos una existencia objetiva. Sin embargo, ese mismo acto de nombrar implica seleccionar, jerarquizar y, muchas veces, borrar. El lenguaje es el tejedor de la identidad, es el vehículo capaz de proponer nuevas formas y versiones de lo que somos, pero también ese mismo acto creador ha levantado fronteras entre nosotros; permite el diálogo, pero también legitima el odio. En su aparente neutralidad se esconde una fuerza capaz de transformar una idea en dogma y una diferencia en amenaza. Para nadie es un secreto que el lenguaje juega con experticia para agregar o quitar peso a la gravedad de algunos asuntos; le quita peso a la guerra cuando el fin justifica los medios, le agrega peso a la indolencia cuando se prioriza la individualidad, le quita peso al tiempo cuando se trata de procesos de paz… le agrega peso a la ignorancia cuando hacemos oídos sordos ante un mundo que está pidiendo por nuestro auxilio, etc.


Es en el lenguaje donde se revela la paradoja de nuestra condición. Con él escribimos poemas que dibujan al amor como una flor inmarcesible, pero también pronunciamos discursos que no permiten cuestionar las estructuras que nos modifican. El lenguaje no obliga: ofrece. Es el ser humano quien decide si lo utiliza como puente o como arma, por estas razones duele reconocer que aquello que nos eleva también nos delata, cada insulto, cada mentira cuidadosamente formulada, cada silencio impuesto demuestra que el lenguaje no es inocente, sino profundamente humano.


Esto que se está diciendo por medio del lenguaje mismo se viene anunciando desde hace mucho tiempo. Pualo Freire formuló la cura y Cortázar pronunció la advertencia ante las jaulas que han privado a la mente de la razón y el cambio: “si no pensamos por el lenguaje, el lenguaje pensará por nosotros”. Los códigos que actualmente generamos de forma autónoma están comprometidos con muchos mensajes con antelación impuestos y responden a una forma de pensamiento que nos hace creer que estamos diciendo algo nuevo cuando realmente solo estamos reproduciendo lo que se nos ha dicho desde que somos pequeños, todo esto sujeto a los términos y condiciones con los que nacemos, como: la cultura , el entorno familiar y educativo, la clase social y el nivel socioeconómico, el género, los roles sociales desempeñados y las presiones grupales, que moldean la identidad, el comportamiento y la creencias.


Empecemos por el anverso de la moneda. Freire y su pedagogía pretendían girar en torno a la conciencia crítica, el diálogo, la palabra generadora y la praxis, viendo a la educación como un acto político para crear sujetos activos que cuestionaran su realidad. En la Pedagogía del oprimido, Paulo Freire coloca al lenguaje como el eje central de su propuesta educativa, porque no es solo un medio para transmitir contenidos, sino el espacio mismo donde se construye o se niega la libertad. Freire critica la educación bancaria, donde el lenguaje funciona de forma vertical y autoritaria: el maestro habla, el estudiante escucha; el maestro nombra el mundo, el estudiante lo recibe ya definido. En este modelo, el lenguaje da más instrucciones que enseñanzas, impide que los “alumnos” nombren su propia realidad con sus propias palabras; se mantiene la comodidad del opresor y el condicionamiento del oprimido.


Frente a esto, Freire nos propone una pedagogía dialógica, en la que el lenguaje es dialéctico y no una imposición. Educar es construir sentido con el otro, no hablar en su lugar. A través del diálogo, educador y educando se reconocen como sujetos históricos capaces de nombrar el mundo, y al nombrarlo críticamente pueden comprenderlo y transformarlo. Por eso, aprender a leer y escribir no es solo adquirir una técnica, sino leer la palabra para leer el mundo. El lenguaje puede ser instrumento de dominación o de emancipación; la Pedagogía del oprimido nos muestra un lenguaje que humaniza, porque devuelve la palabra a quienes históricamente les ha sido negada.


Y frente al reverso de la moneda, Cortázar, por medio de un memorable ciclo de clases en la Universidad de Berkeley, California, en el otoño de 1980, que resultaron en el libro Clases de literatura, nos ofreció más que una cátedra: ofreció diálogos íntimos y reflexiones sobre literatura, política, cine y su propia obra, rompiendo con la jerarquía académica y conectando profundamente con sus estudiantes a través de un estilo lúdico, revelando sus motivaciones escriturales y explorando la psicología de los personajes. Todas estas temáticas literarias iban totalmente enmarañadas con preguntas y meditaciones con base en el lenguaje. ¿Cómo tener jurisdicción o poder sobre esa bruma alfabética ante lo que se quiere decir? ¿Cómo hacer el uso del lenguaje más propio si es una herramienta colectiva? ¿Es posible que la literatura transformadora se siga produciendo en una sociedad dominada por lo inmediato y lo superficial de su propio lenguaje? Estas son algunas de las interrogantes que se plantean en sus clases. Sin embargo, todas responden a la necesidad de atacar, desmantelar y redibujar al lenguaje. Cortázar nos dice que, ante una actitud revolucionaria en la estructura social, muy pocas veces se tiene la conciencia precisa ante el nivel de lenguaje requerido para la gestación de ese movimiento. Por estas razones, las consignas revolucionarias son elaboradas con un lenguaje que no se encuentra modificado, “es en muchas ocasiones el mismo lenguaje que utiliza el adversario para difundir su postura ideológica”; nos demuestra que el cambio comienza en el interior, no mirando el exterior.


Conociendo las dos caras de la moneda, podemos establecer un verdadero valor entre las ideas expuestas por estos dos grandes autores. Tenemos que aprender a ser dueños de la palabra y de lo que significa para nosotros la realidad que está sustentando cada elemento que pronunciamos o escribimos. Esto a la vez implica la recreación de nuestra propia identidad; tenemos que aprender a nombrarnos nuevamente para poder originar un sentido de pertenencia ante nuestras ideas, pensamientos y formas de actuar. Y cuando el lenguaje convencional o estandarizado no reconozca estas nuevas formas, sabremos con total certeza que logramos romper el molde, que ese lenguaje ya no nos entiende porque encontramos una imagen propia para comprendernos a nosotros mismos.


Es en este punto que podemos notar, como un espejo torcido, que el lenguaje no nos devuelve una imagen fiel de nosotros mismos; su deber ha sido amplificar nuestra luz y nuestra sombra. En ese reflejo deformado nos tratamos de reconocer. No obstante, sería un error condenar al lenguaje como si fuera el origen del mal. El lenguaje no crea la miseria humana, solo la hace visible; es el único que por medio de la palabra es capaz de nombrarla y hacerla susceptible a la lectura para comprenderla. Nos obliga a mirar las carencias humanas, se encarga de hacer nuestro dolor legible, nos invita a salir de la cápsula de la individualidad para someternos a la cuidadosa interpretación de lo que somos y de lo que nos falta.


Paulo Freire y Julio Cortázar nos entregan, desde orillas distintas, la misma moneda: la posibilidad de desobedecer al lenguaje que nos fue impuesto. Ambos nos enseñan que las palabras no son neutras, que cargan la huella del poder que las pronuncia, y que repetirlas sin conciencia es prolongar el exilio de nuestra identidad. Frente a ello, lo único que hacen estos autores es extendernos una invitación para aprender a convertirnos en el escritor de nuestra propia vida: autores de nuestras decisiones y, al mismo tiempo, testigos lúcidos de nuestra historia. Ninguna revolución puede nacer de las mismas palabras que condenan el cambio, y es en esa mutación donde está nuestra arma más poderosa: la palabra transformada que es capaz de matar de raíz y sembrar algo completamente nuevo en la tierra que le plazca. El lenguaje constituye el ámbito en el que el ser humano se reconoce a sí mismo; pero ese reconocimiento permanece incompleto mientras las palabras no le pertenezcan y la realidad continúe siendo interpretada desde voces ajenas.

ISSN: 3028-385X

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