top of page

Punto por punto, la vida

Foto: Pixabay
Samuel Sanabria.jpg

Bleidy Daniela Rueda

Univesidad Pontificia Bolivariana

La ligera neblina confundía a las personas sobre la hora. Sin embargo, el reloj marcaba las 11:30 de la mañana. Era 16 de octubre de 1793. La gente se dirigía a la Plaza de la Revolución, en París. Después de dos juicios se había declarado que María Antonieta de Austria debía morir en la guillotina. Todos estaban expectantes. Cuando el reloj marcó el mediodía, la reina de Francia fue ejecutada.


Los hombres comentaban lo ocurrido, discutían sobre la justicia y política, pero entre la multitud había otras espectadoras. Las tricoteuses, tejedoras de la revolución, permanecían inmóviles, aunque sus manos no dejaban de moverse. Tejían. Desde 1789, las tricoteuses ocupaban los primeros puestos en las asambleas populares, observaban los juicios en silencio y tejían mientras el país se deshacía. Algunos decían que tejían los nombres de los condenados; otros, que tejían para no llorar.


Más de dos siglos después, en Colombia, otras mujeres también hilan su historia. No lo hacen frente a una guillotina, sino frente al miedo, la enfermedad o el olvido. Algunas aprendieron a tejer para sanar; otras, para recordar lo que es la felicidad. En sus manos, el hilo, la aguja, la tela y las máquinas se convierten en palabra, memoria y en una forma de seguir vivas.


Bucaramanga, Santander


Marzo 2025


El diagnóstico llegó de improviso, Carolina Corzo Vacca, de 39 años, escuchó la palabra “cáncer” en una sala de la clínica Foscal. “Por algún momento tuve la esperanza desde que la ginecóloga me envió todos los exámenes que no pasaría nada grave”, recuerda. Pero no fue así. Cáncer de mama, etapa II. En ese momento sintió que su vida se deshilaba.


“Los primeros días fueron silencio, sentarme y pensar que la vida había dado un vuelco y ahora no podía continuar con la rutina, y mis sueños que apenas comenzaban de costurera se derrumbaron”, menciona con la voz entrecortada pensando en los primeros días.


Abril 2025


Los primeros tratamientos empezaron: quimioterapias, medicamentos, madrugadas con náuseas y días enteros de cansancio. Entre semanas enteras de citas, Carolina comenzó el acompañamiento psicológico. “La psicóloga me recomendó que buscara algo que me gustara hacer… A mí me gusta la costura, pero la costura me estresaba más. Entonces recordé lo del croché, porque la psicóloga también hace tejidos”. Así nació la idea de aprender crochet, se inscribió a un curso y se aventuró.

Aunque su cuerpo comenzó a deshilacharse por la enfermedad, entre los hilos del crochet encontró una manera de ir tejiendo sus días otra vez.


Julio 2025


Tres meses después, las agujas ya eran parte de su rutina. “La primera vez que tejí sentí que no iba a ser capaz, no entendía por dónde se metía la aguja, no veía los puntos”. Pero la persistencia venció el miedo. Ahora con un brillo en los ojos y sin detener las manos del amigurumi —técnica de tejido japonesa para crear muñecos pequeños— que está haciendo, cuenta que no quiere parar de tejer. Esto le ayuda a no pensar en la enfermedad y así liberarse, una forma distinta de vencer la ansiedad.


“Cuando tejo pienso en ver el resultado de la figura, cómo me va a quedar, y enseguida quiero hacer otro proyecto”. A través del crochet Carolina descubrió una nueva mirada sobre sí misma. “Siento que soy útil, que puedo hacer cosas bonitas y que puedo emprender con el crochet”, dice sonriendo.


Cada prenda lleva un nombre y en cada figura deja una parte de su historia: “El crochet es un refugio, un lugar donde podemos soltar las emociones negativas y concentrarnos en algo que nos llene”.


***


El 4 de marzo de 2008 un grupo de madres comenzó a reunirse en una pequeña casa del barrio Santa Fe, en Bogotá. Venían de Soacha, al sur de la ciudad, con el corazón desgarrado por la misma historia: sus hijos habían sido asesinados y presentados como guerrilleros muertos en combate; los llamados falsos positivos.


No había tribunales que las escucharan ni prensa que se atreviera a contar lo suyo. Entonces Marleny Orjuela propuso una idea sencilla: bordar sus nombres en pañuelos. Así nació el Costurero de la Memoria, un espacio donde las mujeres se sientan frente a mesas cubiertas con telas blancas, hilos y agujas. En cada tela tejen una historia.


Desde entonces, los pañuelos del costurero han recorrido el país. Han estado en la Plaza Bolívar de Bogotá, en exposiciones de la Comisión de la Verdad y en universidades donde la gente se detiene a leer los bordados de las madres que no quisieron quedarse calladas: “te busco. No te olvido. Te espero”.


***


Girón- Santander


En una de las pequeñas casas con puertas negras, cerca del parque Las Nieves, el olor a gato es notorio. Allí vive Ana Brígida Mantilla, una mujer de 76 años que comparte el techo con su hermana y cinco felinos. Con paso lento, recibe a sus clientes en un lugar más bien oscuro donde solo una máquina de coser, “mi compañera de vida” como la llama, rompe el silencio del cuarto.


A los quince años, Brígida reunió un poco de dinero y fue a donde Anabelina Carbal, su maestra, junto con otras 10 muchachas. “En esa época no había academias, tocaba con ella y esa maestra fue la que me dijo que yo tenía el don de coser”, asegura con una sonrisa que ilumina el recuerdo.


La vida de Brígida gira en torno a la costura. Es lo que le da alegría y lo único que mantiene su mente lejos de los dolores de la vida. “En pandemia fue un tiempo difícil para mí, tuve cáncer, me partí una pierna y tuve que parar de coser”, dice con pausas que dejan entrever el peso de esos días. Sin embargo, aunque el paso se volvió lento, sigue cosiendo, porque, como afirma, no sabría qué más hacer.


“La costura es el amor de mi vida”, comenta mientras acaricia a uno de sus gatos. “Yo podría estar todo el tiempo cosiendo. Hasta un padre que me visitaba decía que me iba a hacer una estatua en Girón de tanto que trabajaba”.


En sus mejores años hizo vestidos de quinceañeras, de novia e incluso de funerales. “Todo lo que hacía era con amor por la costura y por la gente”, menciona. Mientras habla, el brillo de sus ojos la rejuvenece, por un momento parece aquella niña de quince años que eligió la costura porque en el colegio no le enseñaron a tejer.


Brígida cree que hoy ya no habrá modistas como las de su tiempo. “La humildad y el pensar en los demás se perdieron. Nosotras, si alguien venía en la mañana y lo necesitaba para el mismo día, pasábamos todo el día haciendo. Yo nací para este arte y para servir”.


Con su pequeña máquina de coser, Brígida está convencida de que coser no solo cura sus heridas, sino también las de los demás: “este oficio es para servir a los otros y así me siento dichosa”.


***


En 1998 en medio de la violencia que transcurría en Barrancabermeja, Santander, un grupo de mujeres comenzó a reunirse para coser. Desde esas tardes nació la Organización Femenina Popular (OFP), un movimiento que convirtió el hilo y la aguja en herramientas de resistencia. Mientras afuera corría una historia que nadie quería oír, adentro las mujeres bordaban en manteles su propia historia. Coser era acompañarse, para no rendirse.


***


Medellín, Antioquia


En un salón pequeño de la comuna 4, el sonido de las agujas se mezcla con las risas y el murmullo de las mujeres. Afuera Medellín fluye; adentro el tiempo parece detenerse. En una mesa larga se extienden fotografías familiares, hilos de colores, tijeras y retazos. Cada puntada atraviesa una imagen, como si las mujeres no solo bordaran sobre papel sino sobre memoria.


El proyecto se llama Fotografías Habitadas y nació como un trabajo de grado de Yurley Monsalve Gil y Claudia Castaño Noreña, dos jóvenes artistas que decidieron mirar la costura no como un oficio, sino como lenguaje. “Queríamos que las amas de casa pudieran contar su historia con aguja y con hilo, muchas de ellas con cada puntada decían cosas que no se atrevían a contar”, comenta Yurley Monsalve.


En los talleres las mujeres bordan sobre retratos suyos o de sus familias. “Cada puntada llevaba a una conversación. Algunas lloraban, otras reían. Era como si el bordado les diera la licencia para ablandarse sobre sus problemas con otras”, recuerda Claudia Castaño con una sonrisa que demuestra que el propósito del proyecto se está cumpliendo.


Para muchas de esas mujeres, amas de casa que habían pasado su vida entre el fogón y la ropa ajena, el bordado se convirtió en un acto de amor propio y libertad. El acto no era sólo bordar una fotografía, también la reconstruían, se reconocían con ella.


Las amas de casa dejaron solo de pensar en los demás y en vivir para los demás. Con el bordado encontraron un espacio propio, un momento para sí mismas. En cada puntada se mezcla el orgullo, la alegría y, a veces, la frustración: emociones que ahora se transforman en una forma de expresarse y amarse. Como aseguran Claudia y Yurley: “el sanar las heridas comienza desde el amor propio”.


Hoy con estos bordados que están realizando tantos las dueñas de casa y las jóvenes comprendieron que la costura también puede ser una forma de terapia, un espejo de la vida misma y que el sanar sus heridas también sanan las de los miembros de las familias.


***


En La Plata, Huila, cuando un grupo de jóvenes entre 14 y 18 años comenzó a reunirse en la casa comunal del caserío San Andrés, ninguna había terminado el colegio. Algunas vivían a horas del centro urbano, otras no podían pagar transporte para llegar a clases.


En junio del 2001, con la preocupación de las madres porque sus hijas se quedaban en casa sin aprender nada, pidieron ayuda a la parroquia. Así llegó la hermana María Eugenia Restrepo, una monja antioqueña que había trabajado con comunidades campesinas. Llevó la máquina de pedal, retazos y agujas, y propuso abrir un pequeño taller.


Al principio eran cinco muchachas, luego fueron veinte. Cosechaban café en las mañanas y en las tardes cosían.


En los años siguientes, el taller se sostuvo con donaciones. La vieja máquina de pedal todavía funciona y las mujeres de San Andrés siguen cosiendo. La costura se volvió refugio y esperanza. En un lugar donde los hijos del campo solían marcharse buscando futuro, ellas decidieron quedarse.


***


Bremen Santa Cruz de la Colina- Santander


En un pequeño local, entre telas apiladas, el ruido constante de la máquina y los buenos días que Andrea Yuliana Cristancho dedica a cada cliente, los recuerdos y la ilusión por coser se han vuelto realidad. El lugar huele a tela nueva y a banano maduro. “Siempre he dicho que hay que hablarle bonito a la máquina, si uno le habla feo, se enoja y se revienta el hilo”, comenta entre risas.


A sus 25 años, Andrea ha hecho de la costura una forma de vida y también de calma. “Cuando uno trabaja en lo que le gusta, no lo ve como un trabajo. Es algo que inspira tranquilidad”. Aprendió a coser en los talleres del colegio, casi por casualidad. “Yo me metí porque quería aprender y me terminó gustando”, recuerda. Desde entonces, cada prenda que hace es una forma también de reencontrarse con ella misma.


En el colegio, las clases difíciles y las burlas la hicieron dudar. “En el colegio recibí bullying por mi físico, eso me hizo perder mi confianza, pero la costura me ayudó a ser segura, aprender matemáticas y fue una motivación”, menciona. La máquina y el hilo se convirtieron en su terapia silenciosa, un espacio donde todo error se puede deshacer y volver a empezar.


Andrea asevera que si no pudiera coser no sabría qué hacer ya que ella nació para eso y siempre carga con una máquina pequeña, “coser me enseña a tener paciencia, a no rendirme. Todo tiene arreglo, solo hay que tener paciencia”, agrega. En sus manos, la costura deja de ser un oficio, cada puntada se vuelve respiración y cada prenda una forma de cerrar heridas que ya no duelen tanto.


***


A lo largo del país, las mujeres siguen bordando, tejiendo, cosiendo. No todas usan los mismos materiales ni buscan lo mismo. Algunas lo hacen para recordar, sanar o resistir. Pero en todas, el hilo parece tener la misma función: unir lo que se había roto.


La psicóloga social Yuli Andrea Botero, quien ha trabajado la técnica de tela sobre tela y la costura de arropamiento con víctimas y en protestas sociales, explica que “tejer es una oportunidad de introspección para conectar con tu experiencia y tus sentires. No solo es un ejercicio creativo, sino una manera de experimentar lo que sientes cuando eliges qué vas a tejer”.  “A nivel colectivo —añade— es una forma de conectar con los demás”.


Quizá por eso, mientras las agujas recorren la tela, también recorren la memoria. Las manos que cosen son las mismas que un día cuidaron, alimentaron o resistieron. Con cada puntada, una herida se cierra. Tejer no solo es hilar; también es recomponer los días, los recuerdos y la fe en una misma.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page