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Siempre tuya, yo

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Luisa Fernanda Navarro

Universidad Abierta y a Distancia

Querido:


Aún recuerdo la primera vez que te vi. Estabas bajo la luz del faro, en ese callejón que olía a lluvia y se envolvía en misterio. Qué hermoso eras. Qué perfecto. Las mariposas que sentí no eran mariposas… eso era fuego. Un fuego violento, crudo, como si alguien me encendiera por dentro con un soplete. Supe en ese instante que nada ni nadie me harían sentir así, jamás.


Fuiste todo lo que soñé: atento, dulce, completamente mío. Tus flores en mi puerta, los pequeños regalos que dejabas como pistas, como si quisieras que te encontrara. El masaje, el cachorrito… ese pobre animalito que no aguantó mucho tiempo. Quizá era muy frágil para este amor. Me gusta imaginar que ahora está contigo. Acompañándote.


Mi corazón late con la fuerza de un tsunami, cuando recuerdo que sigues conmigo. Que estás dentro de mí. No solo en el recuerdo, no solo en pensamientos. Realmente dentro de mí. Tu esencia recorre mi cuerpo. Tu carne me nutre. Tu sangre se disuelve en la mía como vino espeso. A veces, cuando cierro los ojos, juro que puedo saborearte aún… ese gusto dulce y esa sensación cálida, tan tuyo. Tan eterno.


Mi madre decía que eras peligroso. Que no podía confiar en alguien que conocí en un callejón, una noche sin luna. Que nadie regala cosas sin esperar algo. Pero ella no entendía. Ella creía que tú eras quien me seguía. Pobrecita. Nunca vio lo evidente, quizá no conocía lo suficiente a su hija, así que no la culpes por pensar así de ti, ella no sabía que yo fui quien te eligió. Yo fui la que te siguió, paso a paso, hasta encontrarte solo. Hasta tenerte como te quería: sin testigos. Sin interrupciones. Completamente mío, como aquella noche donde te fuiste para no volver.


Si pudiera, lo haría de nuevo. Ese instante en que fuimos uno, en que me llenaste, en que ardí de amor y locura… por dentro.


Porque sí, madre tenía razón en algo: estaba dispuesta a hacerlo arder todo por ti. Y quizás… quizás lo hice. Un poco.


Una chispa aquí, una mentira allá.

Un corte preciso, y un último grito.

Y al final todo comenzó a arder.


Ahora, solo me queda esta carta. Esta última confesión. Y esta hambre persistente. Porque tu sabor comienza a desvanecerse, y con él, mi paz. Quisiera tenerte otra vez. Masticarte con lentitud. Sentirte descender por mi garganta hasta hacerte parte de mí. Hasta que tú seas yo.


Te amo con una ternura feroz.

Te amé hasta la última fibra de tu delicioso cuerpo.

Te sigo amando. Con hambre. Con fuego. Con deseo


Siempre tuya,

yo.

ISSN: 3028-385X

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