top of page

Trump y Petro: separados por ideología, unidos por el populismo

Foto: Presidencia de Colombia
Samuel Sanabria.jpg

Daniel Muñoz Quijano

Universidad de los Andes

En el mapa político contemporáneo, Donald Trump y Gustavo Petro se presentan como antagonistas absolutos. Uno es el símbolo de la derecha nacionalista estadounidense; el otro intenta presentarse como el referente de la izquierda progresista latinoamericana. Sus discursos, causas y bases electorales parecen irreconciliables y no podrían estar más lejos. Sin embargo, más allá de las etiquetas ideológicas, ambos comparten un discurso y forma de ejercer el poder que los acerca peligrosamente: el populismo, más emocional que racional y más performativo que pragmático. Trump y Petro, entonces, se encuentran como dos polos opuestos que, paradójicamente, se tocan.


Esta comparación no busca equiparar ideologías, contextos históricos ni trayectorias políticas. Tampoco pretende establecer una equivalencia moral entre proyectos profundamente distintos. El ejercicio es otro: analizar el método. En particular, una forma de liderazgo que prioriza la confrontación, personaliza el poder y transforma el desacuerdo político en disputa moral. Compararlos no es un gesto provocador, sino una herramienta analítica para entender cómo el populismo, más que una doctrina, funciona como una lógica de poder adaptable a distintos relatos y discursos ideológicos.


El populismo no se define tanto por lo que promete, sino por cómo organiza el poder junto con el conflicto. En ese sentido, no debe entenderse como una ideología cerrada, sino como una manera de articular la política. Puede adoptar discursos de izquierda o derecha, ser nacionalista o progresista, pero conserva una estructura en común: un líder que se presenta como portavoz exclusivo del pueblo y un enfrentamiento eterno que ignora los detalles de la realidad política. El conflicto deja de ser un medio y se convierte en un fin. Así, la complejidad social se reduce a una narrativa binaria que facilita la movilización emocional, pero empobrece la deliberación democrática. El liderazgo populista no gobierna sobre la pluralidad, gobierna contra un enemigo. Busca construir una identidad política basada en la exclusión: el “pueblo verdadero” frente a un enemigo interno que debe ser derrotado. Bajo esa lógica, las instituciones, los datos y la mesura estorban; lo que importa es la lealtad al líder, convertido en la “encarnación” moral del proyecto político.


Donald Trump elevó el culto a la personalidad a un rasgo estructural de su movimiento. El “Make America Great Again” no es solo un eslogan, sino una narrativa donde él aparece como el único capaz de rescatar a una nación de unas élites corruptas, una prensa enemiga del pueblo y un sistema electoral supuestamente manipulado. La política deja de ser un espacio de competencia democrática para transformarse en una batalla moral: quien no está con Trump, está contra Estados Unidos. Esto no solo polariza, sino que erosiona la confianza en las reglas del juego democrático. Tal como quedó evidenciado el 6 de enero de 2021 y en sus constantes ataques a la prensa y la justicia, ejemplos de cómo esta lógica populista convierte el desacuerdo en traición.


El impacto de este estilo no se limita a un episodio puntual ni a la figura de Trump como individuo. Su legado más profundo ha sido cultural e institucional: la normalización de la desconfianza como estrategia política. La sospecha permanente sobre elecciones, jueces y periodistas deja una huella que trasciende su mandato. Incluso fuera del poder, el liderazgo populista continúa erosionando las reglas compartidas, porque desplaza el centro de la política desde las instituciones hacia la fidelidad personal. Cuando la verdad depende del líder y no de los hechos, la democracia queda reducida a una disputa de lealtades.


Gustavo Petro, desde una orilla ideológica opuesta, reproduce una lógica similar. Su proyecto político se articula alrededor de la idea de un “cambio histórico” bloqueado por élites económicas, políticas y mediáticas que se niegan a perder privilegios. Petro no solo gobierna: acusa, ataca y juzga. Su comunicación directa por redes sociales evita intermediarios y coloca su interpretación del país por encima de cualquier dato técnico, cifra, estudio, documento o acuerdo político. Las tensiones con el Congreso, la Corte Constitucional, el Banco de la República y otras instituciones rara vez se entienden como desacuerdos legítimos; las lee como ataques del establecimiento contra el pueblo que él dice representar. Así, la figura presidencial se convierte en el eje del conflicto político, y el debate público se personaliza hasta extremos preocupantes, alimentando la violencia política, la polarización y el debilitamiento de instituciones que critican su gestión.


El problema no radica en señalar desigualdades ni en cuestionar estructuras de poder históricas, tareas legítimas en cualquier democracia. El riesgo aparece cuando esa denuncia se convierte en el eje permanente del gobierno y reemplaza la construcción de consensos. Gobernar desde la confrontación constante desgasta la institucionalidad y dificulta la gestión pública. Cuando cada crítica es leída como sabotaje y cada límite como conspiración, se pierde la posibilidad de distinguir entre oposición democrática y bloqueo político real. El liderazgo se vuelve reactivo, más preocupado por mantener el conflicto que por resolverlo.


En ambos casos se comparten tres elementos clave. El primero, la construcción de enemigos simbólicos que no permiten matices, o estás con el pueblo o estás con la élite. Segundo, la personalización extrema del poder, donde el proyecto político se vuelve inseparable de la figura del líder. Y tercero, la tendencia a comunicar emociones antes que soluciones, debilitando la deliberación pública y agravando la polarización. El problema no es la ideología, sino el liderazgo personalista que ambos encarnan. Construyen movimientos donde el proyecto de país depende casi exclusivamente de su figura, relato y confrontación permanente. La política se vuelve emocional, identitaria y binaria: buenos contra malos, pueblo contra enemigos, verdad contra traición. Es un discurso que no busca convencer, sino movilizar; no pretende dialogar, sino dividir. La consecuencia es clara: liderazgos populistas, de izquierda o derecha, funcionan bien para ganar elecciones pero muy mal para gobernar en sistemas democráticos que dependen del diálogo, la negociación y el respeto por los contrapesos.


El “ellos contra nosotros” que ambos utilizan no se limita a ideas abstractas. Es un enfrentamiento directo entre personas, sectores sociales y visiones de país que se presentan como irreconciliables. El adversario deja de ser legítimo y pasa a ser sospechoso, inmoral o antidemocrático. En ese clima, cualquier límite institucional, sea el Congreso, cortes, la prensa u organismos técnicos, es percibido como un obstáculo, no como un pilar democrático.


Este tipo de narrativa no solo afecta a las élites políticas o a las instituciones formales; también configura las relaciones sociales. La política deja de ser un espacio de debate y se convierte en una identidad que divide familias, comunidades y generaciones. El adversario político ya no es alguien con quien se discrepa, sino alguien a quien se desconfía. En ese contexto, el diálogo se percibe como debilidad y la moderación como traición. El resultado es una sociedad políticamente movilizada, pero democráticamente empobrecida, donde la confrontación sustituye a la convivencia cívica.


Ser crítico de Trump y complaciente con Petro, o viceversa, es caer en la trampa del propio populismo. La dureza analítica exige reconocer que el problema no es quien polariza “por las razones correctas”, sino la polarización misma como método de poder. Cuando el liderazgo se basa en el culto a la personalidad y en la división permanente, la democracia se debilita, incluso si el discurso se disfraza de causas nobles. Trump y Petro no representan el mismo país ni la misma ideología, pero ambos reflejan un fenómeno más profundo: el desencanto con la política tradicional y la necesidad de ofrecer certezas simples en tiempos complejos. Al final, el populismo no es un signo de izquierda o de derecha; es el síntoma de democracias fatigadas.


Ambos encarnan realidades distintas, pero comparten una tentación peligrosa: convertir la política en una lucha moral centrada en ellos mismos. Y cuando el líder se vuelve más importante que las instituciones, y el conflicto más importante que las soluciones, la ideología pasa a segundo plano. Al final queda la promesa de redención, pero deja democracias frágiles y sociedades fracturadas. Es un riesgo más que ideológico, es estructural: cuando los extremos se tocan, queda atrapada la democracia.


Este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos o Colombia y tampoco se agota en Trump o Petro, forma parte de una tendencia global donde la política responde a la disconformidad ciudadana con soluciones simples y liderazgos fuertes. Sin embargo, esa promesa de claridad suele ocultar una fragilidad profunda: sistemas políticos que dependen demasiado de individuos y demasiado poco de reglas compartidas. Cuando la política se organiza alrededor de figuras “providenciales” o “salvadoras”, cualquier transición se vuelve traumática y cualquier disenso, una amenaza existencial.


En democracias fatigadas, la tentación del líder fuerte resulta comprensible, pero no por ello menos peligrosa. Defender las instituciones, el disenso y la complejidad no es un acto de tibieza política, sino una forma de responsabilidad democrática. En tiempos de extremos que se tocan, la tarea más difícil y necesaria sigue siendo sostener una política que no dependa de salvadores, sino de reglas compartidas.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page