Una muy mala noticia


Juan José Bustamante
Universidad EAFIT
Abro los ojos, bostezo y me estiro. Me desenrosco de las cobijas, me pongo de pie y voy a la cocina a servirme el café para empezar el día. La encimera reluce y, junto al lavabo, se eleva la pila de trastes aún húmedos sobre el escurridor. Así sé que está despierto. De la pila rescato mi taza. Está cuarteada en el borde, pero todavía no la boto: es el último recuerdo que tengo de mi mujer sonriendo. Abro el termo con el café recién hecho y lo inclino sobre la cerámica. Mientras el chorro cae y el sopor empieza a disiparse, noto que las camas de los perros están vacías.
Entonces la puerta detrás de mí se abre y entra mi sobrino con ellos.
—Hola, tío. ¿Cómo amaneció?
—Muy bien, mijo. ¿Y usted?
—Bien, tío —dice, mientras les ordena a los perros que se sienten para quitarles el collar y dejarlos libres por el apartamento—. Aquiles hizo chichí, Ares hizo popó…
Le pregunto si no tiene frío. Son apenas las ocho de la mañana y el cielo ya está negro; lleva varios días lloviendo sin descanso. Me dice que no, que el suéter que trae le abriga bastante. Le digo que voy a buscar el mío al patio, pero me responde que no, que ya organizó toda la ropa y la dejó doblada en mi armario, que ahora mismo me lo trae. Le agradezco y me pongo a hacer el desayuno. Le extiendo un sobre de almendras para que engañe el hambre. Se ofrece a ayudar, pero le digo que no, que ya ha hecho bastante. Tan temprano y ya lavó los platos de anoche, entró y dobló la ropa, sacó a los perros. También barrió: lo sé por las bolas de pelo que veo en la caneca. Ese muchacho no se siente nunca. Yo no entiendo cómo le rinde tanto el tiempo. En general, me hace la vida más fácil, sobre todo en esta temporada en la que tengo tanto trabajo, incluidos los trámites del divorcio. Por eso no me molesta el gasto extra que implica tenerlo en la casa. Cuando Víctor, mi hermano, me llamó para contarme que el niño se había ganado la beca y no tenía dónde quedarse en la ciudad, no dudé en recibirlo. Mi mujer ya me había dejado, y yo no soy capaz de estar solo de ninguna manera.
Hoy se ve contento. Quizá se haya conseguido una novia en la universidad. O novio, quién sabe: es algo afeminado, o tal vez solo tímido, como el papá. Me sorprendí cuando Víctor llegó un día con novia a la casa y años después nos dijo que iba a ser papá. No quisiera preguntarle a mi sobrino esas cosas; no soy esa clase de tío. Además, no estoy en disposición para hablar de amor.
Sobre el fogón pongo varias cosas a pasar al mismo tiempo: la sartén calentando, las arepas tostándose, la chocolatera hirviendo. En la encimera corto el salchichón en cuadritos para revolverlo con los huevos. Si mi sobrino no estuviera conmigo, apenas les pondría sal. Seguramente ni siquiera eso. Comer cualquier cosa se me volvió suficiente cuando mi mujer se fue y la casa se quedó muda. Después de desayunar, él lava los trastes.
Los días se han movido entre matices. El gris del cielo y el del concreto. El gris del blazer y el gris del pantalón. El gris de mi auto y el otro, más oscuro, de la estela de humo que deja en el aire. Pero hoy va a moverse de muchos colores. El naranja de mi suéter, el azul de mis lentes, el rojo de la silla, el blanco y el celeste de las rayas de mis calzoncillos. Hoy no iré a la oficina. La lluvia está excepcionalmente fuerte y trabajaré desde casa. Además, mi traje está muy arrugado y me da pereza plancharlo para que se moje. Ya sería abuso pedirle ese favor a mi sobrino. Él tampoco irá hoy a la universidad, por miedo a que se inunden las calles, como ya ha pasado. El complejo donde vivimos queda cerca de un riachuelo que suele desbordarse con lluvias así.
Sé que los días que vienen se moverán entre mucho verde: el verde de los billetes. Muchos demandarán a sus aseguradoras por los daños de sus vehículos y necesitarán que los represente. Podré adelantar pagos de la tarjeta de crédito, saldar otras deudas. También pienso sacar a mi sobrino a cine, o a cenar, o a hacer algo distinto a estar en la casa. Mandarle una foto a mi hermano para que vea lo bien que está su hijo, todo un citadino.
Me sumerjo en el computador. Al mediodía mi sobrino hace el almuerzo y yo lavo los trastes. Luego vuelvo a mi oficina y todo lo que ocurre fuera de la pantalla me resulta indiferente, salvo por la melodía que sale de su cuarto cuando practica el violín para las clases de la semana.
—Tíoooooooo —dice hacia las seis, tocando la puerta—. Los perros están ladrando mucho.
—Eso es que quieren salir, mijo. Sáquelos un ratico, por favor, que estoy ocupado.
—Pero…
—Mijo, no me interrumpa.
Escucho cómo los llama, cómo les ordena sentarse para ponerles las correas. Cuando oigo la puerta abrirse, me imagino a Ares empujándolo como siempre, mi sobrino saludando a los vecinos, diciéndole buenas noches al portero. Sigo en lo mío. No sé en qué momento anochece. Siento la presión de los lentes en el puente de la nariz. El reloj marca las ocho. Me separo de la pantalla y noto que no escucho ni a mi sobrino ni a los perros, pero eso es normal: él no se siente nunca. Salgo a la cocina a hacer la cena. No están. Reviso el teléfono: En cuatro horas ha llovido lo que llueve en todo un mes. Me asomo al balcón. El riachuelo ya no existe; ahora es un río que se lleva todo. Llamo a mi sobrino. Su celular suena en el apartamento. Bajo a la portería. Ares y Aquiles están allí, empantanados, tiritando, los ojos desorbitados. El portero no sabe decirme nada. Subo con los perros, los baño, los seco. Luego me preparo la cena: fríjoles enlatados.
Al día siguiente abro los ojos, bostezo y me estiro. Me desenrosco de las cobijas y voy a la cocina. Anoche solo ensucié una cuchara. En el lavabo están ella y mi taza. Las lavo. A la taza no le cae café porque el termo está vacío. Mientras espero a que el café se haga, pienso en qué voy a decirle a mi hermano. Entonces me llama mi mujer.
—Hola, John. No quiero hablar mucho ni que pienses que quiero verte, pero necesitamos encontrarnos para firmar los papeles del divorcio.
—Hola, Sandra. Qué bueno oírte —le digo, y la voz se me quiebra—. ¿Cómo estás?
—¿Pasa algo, John?
Respiro. Miro la taza cuarteada sobre la encimera. El café empieza a hervir.
—Sandra… tengo una muy mala noticia.
Mientras le cuento lo ocurrido, hablo despacio. Le digo que no sé en qué momento pasó, que fue cuestión de horas, que la lluvia no dio tregua. Le digo que todavía espero que toque la puerta, que quizá se equivocaron, que tal vez esté en algún hospital sin documentos.
Del otro lado de la línea, Sandra guarda silencio. Me imagino su mano sosteniendo el teléfono, su gesto serio, la mano sobre la boca, escuchándome con la misma atención de antes. Voy alargando la mala noticia para no llegar a lo otro, para retrasar lo referente al divorcio, y en medio de esa espera me nace la esperanza de que, al oírme así, roto, necesitado, Sandra tan siquiera considere la opción de volver a casa.



