¿Por qué ya no soñamos?

Maria Fernanda Navarro
Universidad Jorge Tadeo Lozano
Una de las crisis más importantes de nuestro tiempo no es económica ni tecnológica, es existencial. Cada vez más personas sienten que no tienen sueños propios. No porque hayan renunciado a ellos, sino porque han terminado soñando en función de otros, de sus expectativas, sus demandas, sus silencios. Y cuando uno sueña para cumplir, para encajar o para no decepcionar, el sueño deja de ser un horizonte y se convierte en una carga. De ahí nace, en gran parte, la sensación de vacío que tanta gente arrastra.
Desde pequeños se nos enseña, casi sin darnos cuenta, a deberle algo al mundo, a ser buenos, responsables, capaces, a ser “alguien”. Aunque nadie lo diga directamente, hay una presión constante por vivir de acuerdo con lo que otros esperan. Padres, profesores, jefes, parejas, incluso desconocidos que jamás conoceremos, todos parecen tener una versión de la vida que deberíamos llevar. Y en esa maraña de expectativas, lo que uno realmente quiere queda arrinconado.
Lo que empieza como un acto de adaptación, complacer, evitar conflictos, dar orgullo, no fallar, termina convirtiéndose en una forma de existencia. Sin cuestionarlo, mucha gente vive intentando ser la respuesta a la mirada de otro. Así, los sueños personales se diluyen y son reemplazados por lo que “toca”, la carrera correcta, el comportamiento adecuado, la estabilidad previsible, la vida que da tranquilidad a otros, aunque internamente no signifique nada.
Lo trágico es que este desplazamiento del deseo es tan cotidiano que no se percibe como una pérdida. Se asume como madurez, como responsabilidad. Pero en realidad es una renuncia lenta, la entrega de la propia vida a manos ajenas. Y esa renuncia tiene un costo alto. Porque cuando uno vive para cumplir expectativas, el sentido se vuelve frágil, inestable. La existencia se llena de deberes, pero queda huérfana de propósito.
Soñar en función de otros produce una paradoja cruel, desde afuera parece que uno avanza, que progresa, que “hace lo correcto”. Por dentro, la sensación es otra, un desgaste continuo, un cansancio que no viene del esfuerzo sino de la desconexión. Uno puede tener éxito y aún así sentirse perdido porque el éxito no fue elegido, solo ejecutado.
Lo existencialista aparece justo aquí. En la conciencia de que estamos viviendo vidas que no elegimos. Albert Camus decía que la auténtica rebelión humana empieza cuando uno reconoce el absurdo de su existencia y decide actuar igual. Hoy, el absurdo se manifiesta de otra manera, ¿cómo encontrar sentido si nuestros sueños no son nuestros? ¿Cómo sostener una vida construida con deseos prestados?
El peso no está solo en lo que se hace, sino en lo que se deja de hacer. Los sueños que no nos permitimos imaginar porque “no es el momento”, “no es realista”, “qué van a pensar”, “cómo voy a explicar esto”. Todo ese miedo es la señal de que el sueño ya no mira hacia adentro, sino hacia afuera, hacia la mirada que juzga, aprueba o invalida.
Y, sin embargo, seguimos soñando, aunque sea torpemente. Soñar incluso mal es una necesidad existencial. Es lo que le da dirección al caos y justificación al esfuerzo. El problema es que, si el sueño no nace de uno, no puede sostenerlo. No puede darle sentido. Solo puede mantenerlo en movimiento automático.
Recuperar un sueño propio no es un acto romántico, es un acto de libertad. Es enfrentarse al hecho incómodo de que nadie puede decirnos qué vida vale la pena vivir. Y es aceptar que soñar desde uno mismo implica decepcionar a alguien, romper expectativas, desafiar rutinas. Pero también significa devolverle a la existencia algo esencial y es la sensación de estar viviendo una vida que, con todos sus errores y dudas, es realmente nuestra.
Quizá la gente ya no tiene sueños porque aprendió a vivir en función de los demás. Y quizá el vacío que tantos sienten no sea más que el síntoma de una vida donde el deseo propio fue reemplazado por mandatos invisibles. Lo urgente, entonces, no es soñar más, sino soñar de nuevo. Desde uno. Sin permiso.



