Órbita de dos silencios

María José Ibarra
Universidad de Cartagena
Mírame tú, y solo tú, esta noche en desvelo,
tendidos sobre el techo, conspirando con el cielo.
Descubres sin pudor el abismo en tu pecho,
un agujero negro latiendo deshecho.
Susurras a mi oído, bajo estrellas cansadas,
ironías que duelen, caricias disfrazadas.
Sarcasmos tan suaves que saben quedarse,
como astros errantes que no saben apagarse.
Cuando el insomnio reina sobre tu firmamento,
me llamas sin palabras, sin motivo ni argumento.
No pregunto la causa —tal vez no quiera saber—,
prefiero naufragar en tu forma de ver.
En tus pupilas nubladas por fuegos antiguos,
por sueños que arden y nunca fueron abrigo.
No buscas a Morfeo ni su falsa clemencia:
eliges la vigilia como acto de resistencia.
Tu sonrisa, irónica, herida de melancolía,
confiesa lo que callas, lo que nunca diría.
El deseo de huir de esta órbita vacía,
de un mundo que gira sin fe ni poesía.
Estas noches robadas, estas horas tardías,
son bálsamos lentos, pequeñas herejías;
consuelos que caen en precisa medida
y a veces nos inundan, desbordando la vida.
Sabemos —sin decirlo— que somos fragmento
del polvo estelar que sostiene el tiempo.
Pequeños como luna, solares al arder:
no damos calor, pero quemamos al ver.
Como mirarte a mi lado, sobre tejas dormidas,
sentir tu aliento buscando el pulso de mi vida,
intentando al compás, torpe y sincero,
que dos respiraciones compartan sendero.
Como fingir que este techo es planeta y frontera,
dos almas errantes en su propia esfera.
Habitantes tristes, girando sin fin,
buscándose a ciegas, muy cerca del sí.
Un mundo sin nombre, galaxia apartada,
que nadie comprende, que nadie reclama,
y que solo existe —luminoso y fatal—
cuando me miras tú,
y todo lo demás deja de importar.
