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Bogotá no causa miedo

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Isabella Sánchez Bustos

Universidad Externado

No hay línea más larga y delgada como la que divide el norte del sur. Pasamos de casas coloniales a casas “populares” pintadas de colores, con techos de lata, como si el progreso se interrumpiera de golpe. Una línea que no aparece en los mapas oficiales, pero que se siente en el transporte, en los colegios, en el acento, en las oportunidades. Una línea que divide sin pedir permiso.


El escritor Antonio Caballero, en Sin remedio, retrata una Bogotá atravesada por la indiferencia y la fragmentación social, donde las clases no solo viven separadas, sino que aprenden a no mirarse. La ciudad, más que violenta, es distante: enseña a convivir sin encontrarse. Crecer aquí implica entender pronto que no todos recorremos la misma Bogotá, aunque compartamos el mismo nombre.


Bogotá no da miedo por sus calles, sino por lo que exige. Llegar desde otras ciudades implica aprender códigos no escritos: saber dónde vivir para no pasar media vida en un bus, entender que el tiempo también es un privilegio, descubrir que el cansancio se normaliza. Como señala Mario Mendoza, la ciudad es un espacio que empuja a muchos a vivir al límite, no por elección, sino por necesidad (La ciudad de los umbrales). Bogotá forma carácter, pero también desgasta.


El miedo no está en la ciudad; está en crecer sabiendo que la desigualdad no es una excepción, sino una estructura. Que el norte y el sur no son puntos cardinales, sino destinos sociales. Que moverse de uno a otro no siempre es una decisión individual, sino una herencia.


Tal vez por eso Bogotá no asusta a primera vista. Asusta cuando se queda. Cuando obliga a adaptarse, a resistir, a sobrevivir sin romantizar el caos. Y aún así, muchos se quedan. Porque en medio de sus fracturas, la ciudad también ofrece voz, mezcla, posibilidad. Bogotá no da miedo: da realidad.

ISSN: 3028-385X

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