Cuando el relativismo se vuelve coartada

Diego Armando Pinto
Universidad de La Guajira
Hace unos meses, durante un entrenamiento rutinario de taekwondo y en medio de una conversación aparentemente trivial, mi entrenador decidió que era legítimo debatir mi forma de llevar el cabello. Hablaba de mi pelo afro como si se tratara de una elección ideológica y algo discutible. En algún punto de la charla me dijo, con total naturalidad, que el racismo ya no existe, que eso es cosa del pasado, y que insistir en esos temas era una postura ideológica equivocada.
Le respondí con calma que mi cabello no era una ideología, sino parte de mi identidad; una forma de honrar la memoria y mi historia cultural. Él insistió. Dijo que era su opinión y que yo debía respetarla, así como él —según decía— respetaba la mía.
Ahí comprendí algo que me tomó tiempo poner en palabras: el relativismo, cuando se invoca de ese modo, no es neutral. Funciona como coartada. Si todo es cuestión de opinión, entonces también lo es la negación del racismo. Esa conversación me dejó pensando durante semanas. Volví a ella mientras leía el libro ¿Qué significa pensar desde América Latina? del filósofo boliviano Juan José Bautista Segales y hubo un pasaje que llamó especialmente mi atención por ser un tema que venía reflexionando desde esa experiencia.
Bautista hace una crítica al exceso de relativismo de nuestro tiempo. Un relativismo que lejos de ser emancipador termina convirtiéndose en un refugio cómodo y bastante favorable para el status quo. Puesto que si todo es relativo entonces nada obliga; si todo es cuestión de opinión, entonces nada compromete. A mí parecer, eso solo forma un pensamiento débil y carente de fundamentación. Durante mucho tiempo yo mismo estuve convencido de que toda verdad era relativa, que no podía existir una verdad absoluta. Creía que cada quien tenía su propia verdad, que absolutizar algo era violento e incluso autoritario. En efecto, sigo creyendo que la historia nos ha dado suficientes razones para desconfiar de los discursos que se presentan como verdades universales y absolutas. Lo curioso es que esa postura parece ética y tolerante. Hoy no estoy tan seguro.
Resulta pertinente preguntarse: si todo es relativo, ¿por qué resultan éticamente inaceptables fenómenos como el racismo, el machismo o la homofobia? ¿Estaba obligado a respetar la opinión del entrenador solo porque él tiene derecho a expresar su opinión? No. Y no es censura, es pensamiento crítico La validez y respetabilidad de las opiniones dependen del contenido de las mismas. Por lo tanto, toda opinión que contenga discursos discriminatorios o de odio debe ser refutada, invalidada y rechazada.
Pensar que todo es relativo y negar la posibilidad de construir una verdad absoluta o por lo menos un sistema de valores compartidos, puede traer consecuencias graves y profundas. Si no hay conceptos y fundamentaciones fuertes, si no hay una ética-crítica con fundamento material (vida, comunidad, bien común, justicia social, dignidad, etc.) entonces no podemos decir que algo está mal, no podemos decir que algo debería ser de otro modo, no podemos exigirle nada al mundo. Todo queda reducido a: “mi opinión contra la tuya”, “todo depende de la perspectiva”, “no hay verdad absoluta, solo interpretaciones”. Esto es gravísimo porque comprender el mundo de ese modo aniquila la capacidad y posibilidad de transformarlo dado que toda crítica al estado de cosas se vuelve flotante y abstracta.
Tal vez la salida a este grave problema no esté ni en el relativismo absoluto ni en universalismos ingenuos, sino en lo que denomino un universalismo crítico. Una forma de proceder con la razón que no se impone desde arriba como absoluto pero que tampoco se disuelve en la indiferencia. Un universalismo que distingue entre derechos y contenidos, entre condiciones y opiniones. Quizás ahí esté una clave para salir de esta dictadura del relativismo y de esta guerra permanente de opiniones y pensamientos irreconciliables, amplificada por los algoritmos y el sesgo de confirmación. El problema no es que pensemos distinto, sino que hayamos renunciado al pensamiento crítico y a discutir en serio y con criterio sobre lo verdadero, lo justo y lo humano. Sin fundamentos fuertes no hay diálogo, solo trincheras.
