El arte en la escuela

Andrés Romero Martínez
Universidad del Tolima
Hablar de arte en la escuela es sin duda tocar un tema que hasta el día de hoy sigue siendo relegado a simplemente “relleno” curricular. Entender el arte como una herramienta para la formación de los estudiantes en la sensibilidad y el pensamiento crítico va más allá de la mirada vacía de concebirlo como complemento, sino que es un proceso estructural que lleva a la comunidad educativa a pensar y repensar una educación profundamente humana y crítica.
A diferencia de las asignaturas que requieren que los estudiantes produzcan respuestas netamente cerradas, el arte entra a jugar un papel fundamental en la construcción de sentido de los educandos, debido a que un poema, una obra de teatro, una pintura, una canción etc., no están sujetos a una única interpretación, lo cual permite que los alumnos, a través de la duda y la interpretación abierta, puedan ser constructores de conocimiento y sujetos productores de sentido, lo cual no los encierra en las ideas abstractas, sino que los acerca más a una reflexión profunda de la realidad que los rodea. El pensamiento crítico no nace de memorizar conceptos, sino de aprender a habitar la ambigüedad. El arte educa justamente en ese territorio incómodo donde no todo está dicho ni resuelto.
Es así como el arte resulta una coraza que amortigua los pasos agigantados de la educación instrumental, donde los estándares, los resultados y las competencias productivas tienen el mayor protagonismo. Como contracara a esto, brotan las expresiones artísticas que no se dejan reducir a indicadores. La primera proyecta a los estudiantes como seres dóciles y el arte los proyecta como sujetos sensibles y críticos. Quizá sea por eso que se recorta su participación o se minimiza, debido a que los colegios solo pretenden sacar sujetos rendidores, que hagan parte del capitalismo y la producción.
En mi experiencia como docente en formación me he topado con varios casos que me han permitido prolongar estas percepciones acerca de la escuela. Los estudiantes son educados como criticones más que como seres críticos. Esto sucede cuando el pensamiento crítico es enseñado sin sensibilidad y el estudiante es conducido por la senda de las ideologías impuestas y el adoctrinamiento secular. Es por ello que el arte devuelve al pensamiento su dimensión humana. No se trata solo de criticar estructuras, sino de comprender cómo estas afectan cuerpos, emociones, memorias y deseos.
Cuando se relaciona al estudiante con las diversas proyecciones del arte, no solo se sumerge en la lectura y la visión académica para identificar un problema, sino que lo siente como parte de su realidad. Es ahí donde la función de la crítica deja de ser una imposición superflua y pasa a convertirse en una postura responsable, ética y, sobre todo, consciente. Lo cual permite que el aula se convierta en un espacio de experiencia no solo estética, sino también profunda, sensorial y asociativa. En el contexto colombiano, el educador Jesús Martin Barbero dice que el pensamiento crítico nace cuando el estudiante aprende a leer imágenes, relatos, estéticas, no solo textos académicos, lo cual crea la necesidad de que la escuela busque a través del arte una profunda relevancia que sirva como andamiaje para el aprendizaje.
Mi discurso aquí no es una crítica tajante y arbitraria acerca de la escuela, sino más bien una perspectiva que dé cuenta del valor del arte, no como “relleno”, sino como un espacio para la construcción de conocimiento y de pensamiento crítico. Una educación que excluye el arte forma técnicos eficientes, profesionales competentes, pero ciudadanos incapaces de leer el dolor ajeno o cuestionar lo establecido. El arte no garantiza sociedades justas, pero sin arte, la injusticia se vuelve invisible. Formar sensibilidad es formar la capacidad de no acostumbrarse a la violencia, al vacío, al absurdo.
