La dieta del algoritmo

Juana Valentina Parra
Universidad Javeriana
Dicen que las redes son el nuevo espejo, pero nadie advierte que está roto. Yo lo miraba cada noche, esperando encontrarme, y terminé viendo un catálogo de humanos mejorados: todos felices, delgados y con el cutis de un avatar recién nacido. El algoritmo, ese cirujano emocional con diploma en manipulación digital, me ofrecía su bisturí invisible: “te corto un poco de inseguridad, te inyecto validación y listo, eres tendencia por 24 horas”. Y claro que caí. Todas caemos. Porque aquí la terapia se profesa deslizando el dedo hacia arriba.
Con el tiempo, terminé aprendiendo a amar ese espejo quebrado. El algoritmo me prometía, con esa voz de terapeuta barato, que esta vez no dolería. Y le creí. Me conocía mejor que mi mamá y más rápido que mi ex; detectaba cuándo tenía hambre, pero me susurraba que el hambre era debilidad. Y aunque sabía que se me escapaba la paz mental entre likes y colágeno hidrolizado, yo debía ser mejor que cualquier otra mujer, convenciéndome de que, si veía suficientes vidas perfectas, la mía dolería menos.
Pronto entendí que nada era casualidad: cada imagen, cada filtro, cada sonido tenía una misión quirúrgica. Arrastrada por ese clickbait, cada “me gusta” era un paso más hacia mi propia tumba. Terminé desnutrida, con el cuerpo convertido en un campo de batalla, internada en una habitación blanca donde el silencio sonaba igual que la aprobación que siempre había anhelado. Eso no era vivir, era sobrevivir a una guerra digital de likes.
¿Y qué decir del afuera? Todos aplaudían la figura que, según ellos, por fin encajaba. Yo, en cambio, me rompía en mil pedazos, desesperada por salir y sin saber cómo. ¿A quién se le pide ayuda cuando lo que te destruye es lo mismo que te dice que te ve hermosa?
Y así, el clickbait sigue cocinando su banquete emocional: un buffet de mentiras bajas en calorías y altas en culpa. “Pierde cinco kilos en tres días”. Titulares que se camuflan como oferta y contenido sano, pero saben a castigo. Nos sirven autoestima con sabor a culpa light. Porque sí, el algoritmo se alimenta de nuestras heridas, el mercado las cocina con esmero, y nosotras —muy ingenuas y hambrientas— somos el condimento secreto que le da sabor a su receta.
Llega un nuevo año, nuevas tendencias, nuevos nombres para la misma obsesión. Cambian los filtros, las estéticas y los hashtags, pero hay algo que nunca pasa de moda: la delgadez extrema. Se disfraza de disciplina, de autocuidado, de “mejor versión”, y vuelve a tocar la puerta como si no supiéramos ya el precio de abrirle. Entonces la pregunta no es qué tendencia viene, sino si volveremos a caer en ese vacío emocional que siempre termina llamándose desnutrición.
Nadie te dice que salir de ahí también duele. Ya no había corazones confirmando mi existencia; solo quedaba yo, con hambre y con cicatrices que ningún filtro maquilla. Pero también entendí algo: no hay nada más revolucionario que existir sin pedirle permiso a internet.
Puede ser que el verdadero “secreto” nunca haya estado en el cuerpo perfecto, sino en descubrir quién factura mientras nosotras contamos calorías. Y aunque el silencio también tenga precio —pobre ingenuo— sigue siendo el único que aún no aprende a sacarle plata a nuestra miseria.



