La paz es un animal herido

Melany Sophia Ochoa
Universidad de la Sabana
La paz es un animal herido que aún respira. Todos hablan de ella como si fuera una paloma blanca, pero la verdad es que no: la paz sangra y tiembla cuando oye gritar. Le decimos que la amamos mientras la dejamos morir de hambre en las calles. La paz es un animal cansado, con las costillas marcadas y la mirada rota.
Nadie la acaricia, solo la mencionan en discursos de mentira. La paz tiene el cuerpo lleno de cicatrices, hechas con balas, con odio y con olvido. La paz es un animal herido que le ponemos flores encima para tapar el olor a muerte. Decimos que la construimos, pero solo la maquillamos. La paz no se menciona ni se anuncia; se lucha, se vive y se siente.
A veces creo que la paz está cansada de nosotros. Se esconde en los ojos de los niños que aún no entienden lo que es el odio. Vive unos segundos en los abrazos que duran más de lo normal. Pero cuando aparece, la asfixiamos con el humo de nuestras guerras, con el veneno de nuestras palabras. La queremos cerca cuando nos conviene y la pateamos cuando nos recuerda lo que hicimos mal.
Si la paz pudiera hablar, tal vez no pediría amor, sino silencio. Un silencio que no sea vacío, sino un descanso. Tal vez solo quiera descansar un poco, sin que nadie la despierte con sirenas ni gritos. Quizás la paz no está muerta, solo escondida, esperando que por fin aprendamos a no maltratarla. Porque la paz, al final, no es un sueño lejano, sino un animal herido que aún confía en que alguien lo salve.
