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La piroba más bella

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David Delgado Vásquez

Universidad Francisco José de Caldas

Dicen que ella todo lo olvida entre puñalada y trancón. Pero yo no me la creo. Bogotá tiene memoria en sus paredes rayadas, en los grafitis que uno se encuentra en la 26 cuando va para la Distri, en las fotos de los que ya no están, pegadas como si fueran desechos olvidados en los postes, aunque testigos en cada cartel. La ciudad se acuerda diferente a través de los estudiantes corriendo por la séptima, esquivando bolillos y gritando arengas que no salen en RCN.


Nuestra capital es un visaje raro. El recuerdo de Dylan Cruz se mantiene desde el 2019, lo que pasó con los jóvenes de la Primera Línea en el 2021, lo que sigue pasando en el Portal de la Resistencia cada vez que la policía da la espalda al pueblo. Todo se repite, como si el tiempo en este lugar estuviera condenado a reciclarse en la misma violencia. Solo que, con otros parches, con otros celulares grabando, con otros muertos que nunca deberían haber caído. El tiempo en este lugar no avanza, se enreda. Por eso me gusta pensarlo como el río Bogotá, oscuro y lleno de mierda. A veces va pa’ delante, a veces se devuelve y casi siempre se mantiene estancado, como Galán en su campaña.


Entretanto, la cultura bogotana se camufla en lo cotidiano. ¿Qué es ser rolo si no saberse el aguante del frío de la madrugada, el sabor de un tinto recalentado en vaso desechable, un rockcito noventero sonando en una cigarrería mientras afuera llueve? Ser bogotano es vestirse de gris cargando colores escondidos. En Ciudad Bolívar el rap pinta las montañas, mientras la Distri le chismosea al nueve de abril que no todo está perdido. En Bosa las velas encendidas mantienen la presencia de los líderes sociales y la poesía urbana se riega en colectivos de arte que florecen per se. Aquí la cultura es resistencia, no lujo. En las asambleas estudiantiles uno se entera de que la tierrita no es solo explotación laboral y correr para no llegar tarde. Es esa terquedad de creer que otro mundo es posible, aunque el Estado y los paradigmas digan lo contrario.


La sociedad anda partida. El norte es una lámpara sin luz, creyéndose Ámsterdam en Usaquén, mientras el sur resiste día a día, camellando como puede entre rebusque y madres cabeza de familia. El barrio es cantado por voces como las de La Muchacha, que suenan a dignidad en medio de la exclusión. Y a veces la nevera es eso, la sangre de gente luchando a mano limpia contra un sistema que lanza jabs sin descanso.


La modernidad nos tiró la parla sobre la conectividad, no obstante, lo que tenemos es un montón de gente sola, atrapada en sus pantallas. En las esquinas se ven los vendedores ambulantes guerreando el día, mientras a su alrededor cada individuo se hunde en su propio universo digital. Estamos más juntos (jodidos) que nunca y, a la vez, más desconectados que antes. Y citando lo que dijo mi tío Byung-Chul Han, “Mijo, su generación cree que un corazoncito en Instagram moja más que una lengua de verdad”. Ahora ChatGPT ya nos conoce mejor que nuestros parceros.


Sin embargo, en medio del caos hay momentos que nos salvan. Un punkero tocando guitarra en el Chorro de Quevedo; una nena jartando chicha de maracuyá caminando bajo las sombrillas; un fotógrafo disparando cenitales desde el techo. La ciudad engendra desencuentros que nos recuerdan que todavía respiramos, que entre sus siluetas y sus tonalidades, aún nos encontramos. Bogotá es una piroba, pero una piroba tierna. Nos enseña que la resistencia no es solo colectiva y callejera. También es íntima, es escribir un poema en la madrugada, es escribir esta vuelta para que el resto la sienta propia.


Por eso digo que nuestra vida no puede ser lineal. Aprendemos a vivir en un tiempo diacrónico. Saltamos entre el pasado de luchas heredadas, el presente de pantallas que nos violan, y un futuro que imaginamos con rabia y esperanza. Somos memoria dispersa hecha de galimatías, piedras y letras.


Y sí, no tenemos ni idea si Dios existe, ni si el destino ya está escrito. Aun así, lo cierto es que, en aquella arteria, la certeza es la búsqueda misma. La búsqueda de sentido en los libros subrayados en una banca del Parkway, o en los amores que arden y se queman como el 0 y el 1. La cuna de los cerros no da respuestas fáciles, pero nos enseña a hacer preguntas. Y quizás ahí esté la clave. Mientras haya preguntas, habrá bohemios escasos, habrá estudiantes tercos, habrá materia que no se deje reducir a un algoritmo.

ISSN: 3028-385X

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