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Las manos que empujan el mundo

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Natalia Martínez Arévalo

Universidad Jorge Tadeo Lozano

Hablar de discapacidad casi siempre nos lleva a cifras, leyes, rampas mal hechas o discursos sobre inclusión que suenan bien en el papel. Pero pocas veces se habla con la misma fuerza de quienes, en silencio, sostienen la vida cotidiana de las personas con discapacidad: las mamás cuidadoras.


Yo escribo estas líneas desde mi experiencia como persona con discapacidad que se moviliza en silla de ruedas, pero, sobre todo, como hija que ha tenido el honor y la fortuna de caminar —o, mejor dicho, rodar— la vida acompañada de su mamá.


Cuando se habla de “cuidadoras”, la palabra parece pequeña frente a lo que realmente hacen. Cuidar no es solo asistir, ayudar o acompañar. Cuidar es anticiparse al mundo hostil, es aprender a leer miradas de lástima o incomodidad, es negociar con un sistema que no está hecho para nuestros cuerpos, y hacerlo con una paciencia que muchas veces parece inagotable. Las mamás cuidadoras no solo cuidan a sus hijos: cuidan también su dignidad, su voz y su lugar en la sociedad.


Desde que tengo memoria, mi mamá ha sido mis manos cuando el entorno no responde, mi fuerza cuando el cansancio pesa más que la silla, y mi escudo cuando el mundo decide ser cruel. Ella aprendió, sin manuales ni cursos, a convertirse en enfermera, gestora, defensora de derechos, psicóloga improvisada y, al mismo tiempo, en mamá. Todo eso mientras el resto del mundo seguía exigiéndole que “no descuidara” los otros roles que la sociedad impone a las mujeres.


Ser mamá cuidadora implica una renuncia constante. Renunciar a tiempo propio, a proyectos personales, a descanso, e incluso a la posibilidad de enfermarse. Porque cuando una mamá cuidadora se cansa, el mundo no se detiene. No hay turnos de relevo garantizados ni aplausos diarios. Hay, en cambio, una normalización peligrosa del sacrificio, como si fuera su obligación natural y no un acto profundo de amor y responsabilidad social.


Como persona con discapacidad he aprendido que mi autonomía no nació sola. Fue sembrada. Cada gesto de independencia que hoy reclamo tuvo detrás horas de acompañamiento, de ensayo, de errores y de paciencia infinita. Mi mamá nunca confundió cuidar con anular. Me enseñó que necesitar ayuda no me hace menos capaz, y que la dignidad no se pierde por pedir apoyo, sino por negarlo cuando es necesario. Esa lección, que parece sencilla, es revolucionaria en una sociedad que mide el valor humano en términos de productividad y autosuficiencia.


Las mamás cuidadoras también cargan con una culpa constante que nadie les enseñó a soltar: la de sentir que nunca es suficiente. Si protegen demasiado, son sobreprotectoras; si fomentan autonomía, son irresponsables; si se cansan, son egoístas. La sociedad las juzga sin entender que ellas habitan una frontera permanente entre el amor y el agotamiento. Y aun así, siguen.


En Colombia y en muchos países de América Latina, el Estado descansa cómodamente sobre los hombros de estas mujeres. Las políticas públicas hablan de inclusión, pero en la práctica delegan el cuidado casi exclusivamente en las familias, y dentro de ellas, en las madres. Poco se habla de apoyos reales, de salud mental, de reconocimiento económico y social del trabajo de cuidado. Sin las mamás cuidadoras, el sistema colapsaría. Pero su trabajo sigue siendo invisible.


Hoy quiero decir, desde mi silla de ruedas y desde mi historia personal, que mi vida no se explica sin mi mamá. No como una figura heroica idealizada, sino como una mujer real, cansada a veces, fuerte muchas otras, y siempre presente. Gracias a ella aprendí que la discapacidad no es una tragedia, sino una forma distinta de habitar el mundo. Y que el amor, cuando se convierte en cuidado consciente, puede empujar incluso las ruedas más pesadas.


Reconocer a las mamás cuidadoras no es un gesto simbólico: es una deuda ética. Escucharlas, apoyarlas y acompañarlas es también una forma de construir una sociedad verdaderamente inclusiva. Porque detrás de cada persona con discapacidad que avanza, casi siempre hay una mamá que, en silencio, empujó primero el mundo para que ese avance fuera posible.

ISSN: 3028-385X

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