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Mi futuro y mi almuerzo son inciertos

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Steffanía Trujillo Astorga

Universidad del Valle

Y al fin bajó hacia la guerra

¡Perdón! Quise decir a la tierra.

- Silvio Rodríguez



Salíamos de una clase sobre la obra de Kant, cuando una compañera soltó, casi como quien comenta el clima: "Mi futuro es tan incierto como mi almuerzo de hoy". Íbamos a tomar café y la conversación derivó hacia lo de siempre: las elecciones de 2026, la posibilidad de irnos del país y las ganas que se van apagando de seguir estudiando. Mientras caminábamos, pensé en la ironía: acabábamos de discutir sobre las categorías que estructuran nuestra comprensión del mundo, y ahí estábamos, incapaces de darle forma racional a nuestro propio futuro.


¿Por qué estudiar filosofía en un país que se cae a pedazos?


"¿De qué vas a vivir con eso?" me preguntan, o ¿para qué sirve eso ahorita? como si lo único que sirviera fuera huir o sobrevivir. La filosofía me parece necesaria para desarrollar pensamiento crítico, para cuestionar las estructuras que naturalizamos justo cuando más lo necesitamos. Pero es difícil sostener esa convicción cuando en medio de una clase mi cabeza está en las tantas coyunturas políticas nacionales e internacionales, en las elecciones presidenciales de 2026, en la amenaza de la ultraderecha o en bombardeos en cualquier parte del mundo; y me acorralo poco a poco sintiendo un extremo rechazo a tener que normalizar todos estos escenarios. La normalización de la crisis, esa banalidad del mal que Arendt describió, se vuelve cotidiana. Me siento culpable por pensar en eso, frustrada por no poder concentrarme, privilegiada por poder seguir estudiando mientras otros ni siquiera tienen esa opción. Y quizá me siento cada vez más acorralada por la presión de producir, de competir en un mercado que instrumentaliza el conocimiento y solo entiende el precio de las cosas. Un mercado el cual sólo nos entiende como cosas con precios.


Estimo que quizá un 60 % de mis compañeros quiere irse del país. Cuando hablamos de eso nadie tiene un plan concreto. Olvidamos ese ejercicio de primaria donde nos pedían dibujar “cómo te ves en 10 años” y ahora el dibujo sería un signo de interrogación con maletas. Es un “irse a cualquier lado”, un futuro nebuloso que depende de unas elecciones y crisis mediáticas que aún no llegan o aún no terminan. Vivimos en pausa, esperando a ver qué pasa para decidir si vale la pena quedarse o si hay que salir corriendo. No podemos hacer planes a largo plazo porque no sabemos siquiera si habrá un largo plazo aquí. Me siento vulnerable y a veces hasta pienso que me equivoqué eligiendo filosofía. Pero sigo. Sigo porque quiero transmitir estos conocimientos, porque quiero superarme y… porque rendirse tampoco es una opción. Aunque no sepa en dónde ni para qué.


Pero hay que decirlo: esta parálisis también es un privilegio. Poder angustiarme por mi futuro mientras estudio filosofía es un lujo que muchos no tienen. Hay compañeros que no pueden darse el lujo de la pausa porque la supervivencia no espera. Hay gente que ni siquiera tiene acceso a la universidad y para quienes la crisis política no es “incertidumbre futura” sino supervivencia presente, para quienes la precariedad no es concepto sino experiencia diaria. Hay quienes ni siquiera pueden plantear irse porque no tienen con qué. Mientras yo me pregunto si tiene sentido seguir estudiando, ellos simplemente siguen sin el privilegio de dudar.


Yo más bien le apuesto a que tal vez estudiar filosofía en medio del caos no sea tan absurdo como parece. Tal vez al pensar críticamente —ejercer esa función intempestiva de la filosofía que Nietzsche reclamaba—, el resistir desde las humanidades, sea justo lo que se necesita cuando todo se quiere reducir a mercancía y supervivencia.


Pero no voy a romantizarlo: la resistencia no me paga el arriendo ni me garantiza un futuro. Sigo sin saber si me quedaré o me iré, si ejerceré o terminaré haciendo cualquier otra cosa para sobrevivir.


Volvimos a encontrarnos días después, la misma compañera y yo, y seguía sin saber qué iba a almorzar al día siguiente. Ninguna de las dos sabíamos realmente. Así que ahí queda la pregunta, para ustedes y para mí: ¿qué hacemos con esta generación en pausa? ¿Seguimos estudiando mientras esperamos? ¿Nos vamos antes de que sea demasiado tarde? O tal vez resistir sea simplemente esto: mantenernos en la pregunta, habitar la aporía y seguir planteando situaciones cuando todos quieren respuestas rápidas, soluciones en tres pasos, tutoriales de YouTube sobre cómo salvar tu futuro en 10 minutos.

ISSN: 3028-385X

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