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Un altar químico

Samuel Sanabria.jpg

Luisa Jaramillo Coll

Universidad Externado

Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
la lengua se me queda pegada al paladar,
palabras a medio nacer,
sílabas que se derriten como el hielo.


Me río de mi torpeza,
la s se derrite,
la l sigue creciendo.


Cada letra que escribo se mueve,
se desplaza,
gira en círculos lentos,
como peces muertos flotando en una pecera.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
me pesan los párpados,
pero adentro, detrás,
hay un carnaval de voces gritando.


Una dice escribe,
otra dice duerme,
otra me arranca los pensamientos a mordiscos.


Lucecitas, tambores,
payasos de blanco, que me hacen dormir,
ruido, ruido, todo es ruido.


Las frases se parten,
se doblan,
se fugan.


Escribo media oración
y ya olvidé la otra mitad. Me río.
Me mareo.
Me hundo.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
todo gira,
todo es una herida gigante.


Mi cuerpo es la casa del dolor,
un altar químico,
un mueble mal armado que cruje con cada respiro.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
una mujer con rostro de espejo apareció frente a mí.


Me devolvía mi cara,
pero mi reflejo sonreía demasiado:
los dientes blancos,
los ojos llenos de tinta verde.


Despierta, dijo,
y me entregó algo que parecía latir,
un corazón envuelto en cuero gastado.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
quise correr,
pero el aire era lento, tan lento
que ya no encontraba espacio para entrar en mí.


Sentí que la pastilla ardía en mi estómago,
y cada palabra de un cuaderno
me penetraba por los ojos,
se clavaba en mis venas,
y me obligaba a escribir.


Las frases flotaban,
lentas, como humo que no se disipa.


Y yo,
un cuerpo vacío
que servía de canal.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
la habitación se reduce a sonidos,


un timbre lejos, juro que es mi estómago;
alguien que empuja platos,
pasos que no sé si escucho o invento.


Mi cabeza es una campana que resuena débil;
cada golpe me recuerda
que algo me atraviesa los brazos.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
la habitación se achica.
El aire se queda denso.


Cada inhalación
es un esfuerzo inútil.


El reloj marca minutos
que no sé si pasaron,
o si apenas comienzan.


Un ruido metálico se repite en mi oído:
tal vez una puerta,
tal vez mi boca tratando de comer.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
la luz blanca me quema los párpados.


Cierro los ojos
y aun así la claridad los atraviesa.


No sé si estoy sentada,
acostada,
o flotando a pocos centímetros de mí misma.


El cuaderno sigue abierto,
pero mis manos ya no responden.


Escribo torcido,
palabras que se miran entre sí,
renglones que se deshacen
como el agua.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
la tinta se seca a saltos.


Cada palabra queda con costura,
como quien cose el nombre para no olvidarlo.


Los dedos se me enfrían, ya puedo captar señales
se me duermen las falanges,
y aun así la mano insiste
en dibujar trazos.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
alguien pasa con un carro
todo suena más alto de lo normal.


Me recupero un instante
y pierdo el siguiente.


Hay algo urgente en lo cotidiano:
una bandeja,
un formulario,
un botón que no sé si apretar.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
la memoria viene en chispas:
la risa de un día,
la voz tierna de una niña.


Detalles mínimos que actúan como mapas
para no perder la cabeza.


Los renglones que dejo son anclas;
cada uno me devuelve
un poco de pulso.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
me duele la cabeza.


La frente arde
y se enfría a ratos.


Hay un sabor metálico
que no se va.


No hay grandes visiones,
solo una sucesión de instantes cortos
que se repiten:


mirar,
escribir, tomar agua,
mirar de nuevo.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
cierro los ojos por un parpadeo largo
y al abrirlos compruebo que sigo aquí:


la misma lámpara,
la misma taza,
un esfero que aún está caliente.


Eso basta para volver a ordenar la frase,
para atar una idea a la otra.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
no quiero escuchar el silencio;
es más bien cansancio que no me da tregua.


Me permito pausas pequeñas:
beber, humedecer los labios,
estirar la muñeca.


Cada pequeña acción
me devuelve una porción de mí.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
leo lo que escribí
y encuentro pedazos de verdad:
nombres de cosas que me pertenecen.


Las frases incompletas se vuelven prueba
de que estuve atenta;
alguien lo confirma.


Me apoyo en eso,
en la línea abierta que dice:
sigue.


Clonara, rispera, sertra-luz, olán-zolán,
guardo el cuaderno con cuidado.


La habitación recupera su tamaño:
las paredes se quedan dónde deben,
las cosas recuperan su nombre.


Me recuesto
y dejo que el pulso vuelva a su ritmo conocido,
con la sensación
de que he hecho lo posible
por permanecer viva.

ISSN: 3028-385X

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