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Relicario pedagógico

Crónica de un naufragio interno

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Foto: MinEducación
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Francisco Farfán Marín

Universidad Pedagógica Nacional

Martha Madeiros escribió alguna vez que “muere lentamente quien no viaja, ni lee, quien no sueña, quien no confía, quien no lo intenta”. Bueno, esas palabras se hicieron protagonistas tras las segundas huellas que habría dejado en La tierra del olvido. Este viaje fue un recorrido que, entre paisajes áridos, historias densas y situaciones inesperadas, se convirtió en un mosaico de experiencias que narran tanto la belleza como las contradicciones del territorio colombiano. Cada kilómetro andado nos devolvía al pasado, pero también nos enfrentaba al presente crudo y complejo de esta región.

Al iniciar la travesía, tomé un taxi a las 3:40 de la mañana y llegué a las 4:15. Fui uno de los primeros en llegar a la universidad. Conforme pasaba el tiempo, llegaron los demás. Arrancamos y vi el cielo ya amaneciendo. Pensé en cómo estaría una semana fuera de ese espacio ciudadano que llamamos universidad, donde convergemos separadamente por razones no tan ajenas, pero sí complejas. Fue así como se volvía a abrir el caudal de mi memoria. Al pasar por los lugares que visité la primera vez, las hojas, las montañas, las colinas, la fauna y las casas eran diferentes, y también yo lo era. Cada centímetro me acercaba a La Guajira y cada centímetro me alejaba de la capital. Dormí lo que no pude en tiempos pasados. Me pegó el viento, me susurró el sol y me habló la humedad. Todos me recuerdan, pero se dan cuenta de que ya no soy el de antes.

Atravesamos lugares marcados por el tiempo y la naturaleza: el río Salsipuedes, el mismo que Lucho Bermúdez hizo famoso en aquella canción, y La Jagua de Ibirico. Allí, el reloj pareció detenerse desde la templada y soleada mañana de las 10 am hasta la calurosa tarde muerta de las 5 pm. Sufrimos el yugo del perfilamiento, que se sintió tan intimidante como inevitable. Las conversaciones giraron en torno a la violencia, las herencias de guerra y los ecos de los paramilitares. Quizá por ingenuidad o valentía terminé burlándome de unos posibles militantes sin saberlo. Fue un acto que me dejó pensando en el peligro que corre tanto la vida del artista como la de los demás.

En Maicao llegamos a La Pista, un asentamiento de 3.200 habitantes de etnias colombianas y venezolanas. Allí, las casas numeradas parecían querer imponer orden a una precariedad innegable. Ese tugurio nos hizo recordar cómo los asentamientos humanos en Colombia se levantan, a veces, más desde la necesidad que desde el plan. Recordando a Bertolt Brecht, él aseguraba que "hay muchas formas de matar a una persona: apuñalándola con una daga, quitándole el pan, no tratando su enfermedad, condenándola a la miseria, haciéndola trabajar hasta desfallecer, impulsándola al suicidio, enviándola a la guerra, etc. Solo lo primero está prohibido por nuestro Estado", lo que me bombardeó la mente mientras recorríamos ese territorio. Pero frente a ello, una de sus líderes nos recibió y nos contó todo lo relacionado con ese espacio vivencial. Tanto así que una compañera y amiga ya se planteó volver a ese lugar. Tal como lo dijo Eduardo Galeano: “Me fui. No dije adiós. Eso es algo que debo todavía”. Ella aún debe algo.

Con la costumbre de cada viaje y como parte de nuestro oficio y militancia, que es la pedagogía, tuvimos una inmersión en la episteme escolar que se imparte en las escuelas etnoeducativas. Me permito compartir la grata experiencia de haber construido un breve momento educativo con algunos pelaos del Centro Etnoeducativo Integral Rural Marco Tulio Montiel Uriana en Nortechón (Guajira), el cual hace parte de la Fundación Pies Descalzos. 

A mi grupo se nos había encomendado desarrollar una clase donde tuviera relevancia el significado de las grandes minas del Caribe, con todo lo que implica su terminología y complejidad dentro de los ámbitos de estudio consagrados en la sociedad. Junto a mis colegas, encargados también de este tema, nos dispusimos a construir una radio interactiva donde lo sonoro y lo visual fueran los canales interpretativos del conocimiento que ya poseían los pelaos. Esto nos permitió acercarnos de manera más directa al protagonismo de esas magnas y cuestionables empresas, situándonos en un diálogo horizontal con los estudiantes.

Foto: MinEducación

Conforme nos íbamos conociendo entre nuestras palabras y nuestra fonética, la alegría brotaba en aquella aula. Llovían gotas de dulzor educativo en ese pequeño diluvio de clase, donde los sonidos, las imágenes y la curiosidad de los chicos se mezclaban como una melodía. En medio de este espacio, una estudiante que tenía a mi lado me hizo una pregunta:

 —¿El oro aún tiene valor alguno?

La miré y le expliqué que, de por sí, su consagración económica y de poderío sigue siendo relevante en la vida. Sin embargo, añadí: 

—El verdadero color del oro es el verde y el azul... el mismo de esta tierra mágica donde el agua y la vida se defienden al ritmo de la marcha-carnaval.

 Fue así que aquella niña me miró con una mezcla de reflexión y comprensión. 

Con la clase ya culminada, me permito reflexionar: los docentes hacemos por otros lo que nadie haría por nosotros. Y eso… nos hace diferentes, ya que "el que planta árboles, sabiendo que nunca se sentará en su sombra, al menos ha comenzado a comprender el sentido de la vida". Así, dejamos en esos pelaos la semilla de un cuestionamiento y la posibilidad de construir nuevas perspectivas frente a un fenómeno que, en lugar de aportar al desarrollo de su espacio geográfico, lo está sumiendo en un olvido que muy pronto será irremediable.

Habríamos de estar exactamente a siete minutos del Cabo cuando, en plena carretera llena de lodazales que dejaban las lluvias del fenómeno de La Niña, el bus del primer grupo cayó en un hueco del que no pudo ser sacado. Desde las siete de la noche hasta las nueve, todos los que estábamos en este viaje ayudamos a tratar de sacar el bus. No lo logramos con nuestras propias manos, pero sí con las herramientas adecuadas para estas eventualidades. En la oscuridad de la noche estrellada del Cabo de la Vela podía sentir venir la mañana. Los llantos de un niño pequeño que buscaba a su padre y el enjambre de picaduras que traía conmigo (tras convertirme en un festín para las hormigas en la hamaca donde pasé mi descanso) no se comparaban con la desesperación y tristeza de no poder emitir siquiera una palabra con ese alguien que una vez me ofreció un relicario de besos en casa, pero que ya no me espera.

Para concluir este corto testimonio de un náufrago en tierra, me permito decir que viajar no es solo desplazarse de un lugar a otro, sino también emprender un viaje interno de autodescubrimiento. A través de los paisajes, las experiencias compartidas y las conversaciones, se revela la complejidad de la vida, la resiliencia humana y las múltiples caras de una sociedad marcada por las heridas del pasado y los desafíos del presente. Como docentes no solo llevamos conocimiento; también sembramos esperanza y perspectiva, construyendo puentes entre generaciones y territorios. En cada paso queda una enseñanza: el viaje transforma tanto a quien lo vive como al entorno que lo recibe.

Viajar a estas regiones implica reconocer la responsabilidad de mirar más allá de nuestras propias perspectivas y asumir que somos parte de un sistema mucho más grande y complejo. Las palabras de Martha Madeiros, “muere lentamente quien no viaja, ni lee, quien no sueña, quien no confía, quien no lo intenta”, cobran un nuevo significado: no solo vivimos para experimentar, sino también para comprender que nuestra existencia influye, transforma y deja huellas, tanto en nosotros mismos como en los demás.

Ya que estos paisajes, esta “Colombia interna”, este espacio geográfico, nos revelan que la opresión, el saqueo y el abandono han traído consigo diluvios, pestes, hambrunas, cataclismos y guerras que parecen perpetuarse por los siglos de los siglos en una tierra donde, incluso, matar un chivo puede significar un dictamen de guerra entre clanes, pues las dinámicas tribales aún permean la cotidianidad. Allí entendí que cada acto, incluso el más pequeño, tiene un peso cultural y social que no siempre somos capaces de dimensionar como forasteros.

 

¡Pura Vida!

ISSN: 3028-385X

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