Saltos

Foto: IA

Laura Sofía Gutiérrez Herrán
Universidad Javeriana de Cali
Cada paso que daban sobre el piso de madera podía ser mortal, pues cualquier ruido que emitieran marcaría el fin de su camino. El bombillo apagado. El aire rebelde del ambiente no permitía que inhalaran profundamente. Era una sensación de asfixia que se combinaba con el olor a cigarrillos que usualmente su mamá suele fumar y el hedor a alcohol de la botella que hace unos momentos oyeron destapar. En el ambiente también flotaba un aroma extraño, a feo y huevo podrido.
Gotas bajaban lentamente por sus espaldas hasta los tobillos. Desde que pusieron un pie en la entrada, como al despegar un avión, fueron abordados por una atmósfera de tensión que no les permitía ni hablar. Con el diminuto destello que se desprendía de sus linternas, alumbraban cuidadosamente lo que yacía a su lado izquierdo. Cuerpos helados y pupilas contraídas. Ambos aguantaban la respiración mientras Samuel tiraba suavemente de la puerta. Después de abrirla, él inclinó su cuello, imitando algo que estaba torcido.
Tres meses atrás, después de que sus padres decidieran huir de la ciudad tras un incidente escolar, Diente Chueco se mudó a la última casa que habían construido en la calle Olmo. Detrás de esta se encontraba un bosque interminable, oscuro y frondoso. “¿Cómo sería jugar escondite?”, pensaba cuando esperaba en el jardín a que su padre estacionara la nave espacial, o bueno, el auto.
Los padres se adaptaron rápidamente. La madre consiguió un trabajo que tenía turnos de hasta 24 horas como vigilante en una fábrica que quedaba a una hora del pueblo. Los vecinos se la pasaban murmurando sobre ella y sus horarios, como si les debiera algo. Al contrario que su padre, él siempre salía a tomarse un café en el parque central por las mañanas y pasadas las ocho de la mañana se disponía a caminar hasta el trabajo, una pequeña tienda que le vendía sueños a los niños.
Diente Chueco pasó las primeras semanas encerrada en su casa, su mente no dejaba que su cuerpo saliera de la estación espacial, pues habían aterrizado en un planeta desconocido lleno de extraterrestres fucsias de cinco ojos y cuatro patas que pretendían atacarla. Así fue hasta que a finales del mes, cuando el reloj marcaba las tres, escuchó un golpe por la ventana. Entre las cortinas alcanzó a ver a uno de los extraterrestres. Este niño le gritaba que saliera para ir a jugar. Sin embargo, ella solo lo ignoró. Pasó una semana hasta que ella consiguió salir de su encierro. El motivo principal fue que ese día Tomás le dijo “eres una niña fea con un diente chueco” y corrió despavorido. De la rabia, ella bajó rápidamente las escaleras, se colocó sus botas amarillas y, cuando abrió la puerta, ahí se encontraba el niño, con una traviesa sonrisa de oreja a oreja:
—Hasta que sales. ¡Vamos a jugar!
—¡Eres un tonto! —contestó enfadada.
Una semana después, sentado con una bolsita de papel en uno de los cinco bancos oxidados del parque, Samuel alimentaba a las palomas. El árbol de mangos detrás de él lo protegía como un escudo de los tiernos rayos de sol que solo buscaban abrazar las pecas de sus mejillas. Con la brisa pasando mientras las alimentaba con maíz, vio por primera vez la inocente sonrisa de una niña con el diente chueco, con los cachetes colorados. Sus ojos no hacían más que seguirla.
El encanto terminó cuando Diente Chueco comenzó a perseguir a sus palomas. Las asustó tanto que no regresaron ni aunque les pusiera toda la bolsa. “Qué niña tan molesta”, dijo después de que ella se fuera corriendo del parque a carcajadas. En la noche de ese martes, Samuel llegó molesto a su casa:
—¿Cómo te fue con las palomas, mi amor? —dijo su madre—. Ya está lista la sopita de verduras que te gusta.
—Gracias mami —contestó—. Una niña espantó mis palomas y se fue corriendo con una sonrisa malvada.
—Dudo que haya tenido una sonrisa malvada… ¿Por qué tu cara es la de un tomate? —preguntó con curiosidad—. ¿Qué pasó?
—¡¿Qué?! —dijo Samuel casi gritando, su reacción los tomó por sorpresa—. Claro que no, solo estoy quemado… Sí, fue el sol, nada más —dándole la espalda a su madre mientras que subía avergonzado con la sopa a su cuarto.
De camino hacia la heladería Don Carlos, un lugar rosado con las paredes llenas de dibujos y un par de mesitas en el andén, después de un par de noches en las que no pudo dormir porque permanecía la imagen de aquella sonrisa en su cabeza, Samuel se cruzó por segunda vez con Diente Chueco. En esta ocasión ya no perseguía palomas, sino que compraba un helado de fresa, que por ser alérgico era un sabor que él detestaba.
Al llegar Tomás, quien era su mejor amigo, la saludó como si se conocieran de toda la vida. Ellos se reían mientras que él pedía otro helado de fresa. “Jugar rayuela fue muy divertido”, comentó Diente Chueco cuando se dirigían a una de las mesas para allí comerse su victoria. “¿Qué fue eso?”, dijo Samuel desconcertado. Su cabeza estaba en blanco, a él nunca le informaron que ya se habían conocido, tampoco que jugaban y mucho menos que eran los mejores amigos de toda la vida. Colocando su helado de maracuyá sobre la mesa, Diente Chueco le preguntó a Tomás si él era el otro extraterrestre, a lo que le respondió que sí… Otra vez, Samuel no entendía nada de lo que pasaba.
Allí conoció de manera formal a Martina Suarez, el diente chueco que le espantó las palomas. La conversación fluía, pensaban qué podían jugar y a dónde deberían de ir. Mientras que todos disfrutaban de su dulce, en el rincón más escondido de su mente, Samuel pensaba en la sopa de emociones que Diente Chueco le provocaba, igual que la sopa que hace su mamá, en este caso las verduras eran amor y un mal presentimiento.
Escondite, rin rin corre corre, canicas, rayuela, lleva, policías y ladrones, fútbol. A las diez de la mañana o las seis de la noche, con o sin jugo de naranja, no había algo que no jugaran, no había día que no rieran. Eran vacaciones y tenían que aprovecharlas, a pesar del miedo, el miedo de que se acabaran. Eso sentía Samuel, él quería admirar aquel dientecito chueco que vive en la sonrisa risueña de la niña que le gusta. Se avergonzaba cuando la tenía enfrente, pero cuánto le gustaba verle esa cara.
A pesar de que nunca se lo dijo, Tomás siempre estuvo pendiente de la forma en la que Samuel actuaba con Martina. La cara de bobo que hacía, sus nervios y el afán por hacerla reír (se reía con comas, es decir, por partes), era como presenciar en la vida real la novela que veía con su abuela todos los jueves y viernes por la noche. “¿Debería preguntarle?” pensaba Tomás… Pero al final nunca lo hizo, aunque le pareciera tierno, no conseguía entender esos sentimientos. Lo relacionaba con la novela, pero en verdad no sabía nada, pues, nadie le había explicado y mucho menos creía que los había sentido. ¡Qué lástima que Samuel no alcanzara a declararse!
El 25 de julio devoró la sopa de su mamá, se cepilló los dientes, se bañó, perfumó, agarró el regalo sobre la mesa y, con el corazón en la mano, salió con Tomás hacia la última casa de la calle Olmo. Diente Chueco cumplía 12 años y habían sido invitados a celebrarlo, sería la primera vez que entrarían a su casa, así como era el día en que conocerían a sus padres.
Timbraron. Sonó un “ya voy” desde la ventana, escucharon los golpes de unos pequeños taconcitos bajando por las escaleras y, finalmente, les abrieron la puerta. Ahí estaba Martina, con un vestido carmesí, unos taconcitos de charol del mismo color, su maravilloso diente chueco y el cabello suelto como si fueran miles de rayos de sol.
—¡Vengan, vengan! —dijo emocionada.
Su casa estaba llena de elementos antiguos, era como si estuvieran en un museo, había un poquito de polvo, pero era lo de menos. Una pequeña torta de chocolate con decoración de extraterrestres estaba sobre el comedor, no había bombas, piñata, dulces o escarcha; solo el pastel y en el medio una vela. Esa noche vieron al papá, el “extraterrestre mayor” como alguna vez ella les había dicho, un señor alto y panzón que tenía de fresa la cara y apestaba a alcohol. Él los saludó y con la misma perspicacia al hacerlo, prosiguió a marcharse en la nave espacial. Lo que acababan de presenciar no les dio un buen presentimiento.
Sin importar que sus padres la dejaran, Tomás y Samuel fueron hasta el espacio y le trajeron las estrellas. “Hoy va a ser increíble” ese era su lema. No permitieron que una sola gota saliera de sus oscuros ojos, cantaron, bailaron, jugaron y sus barrigas reventaron de comerse el pastel. Acostados sobre el sofá, riéndose de lo que hacían y de las dos mil anécdotas que tenían juntos, Diente Chueco caminó hacia ellos escondiendo sus manos tras la espalda. Arrugando los párpados le entregó un papelito a cada uno. Tomás tenía un ramo de rosas blancas, por ser su color favorito, bajo la frase “eres un buen amigo”. Samuel obtuvo un dibujo de ellos, palitos y bolitas que jugaban al escondite, en la parte final del trozo de hoja estaba escrito “te quiero” con marcador rojo. Samuel se puso tan colorado que Tomás lo único que hacía era burlarse de él y, con el corazón en la garganta, mirándola a los ojos, tartamudeando le dijo gracias.
Ese día, al llegar a sus hogares, ambos fueron castigados por desobedecer el toque de queda que les habían dado.
1 de agosto. Habían transcurrido siete días desde que Samuel recibió el primer “te quiero” de aquella sonrisa risueña. Observaba el trocito de papel con líneas por quincuagésima vez, notó que ella coloreaba por fuera de las líneas del dibujo, también que algunos círculos no encajaban con los palitos y que había nubes moradas brillantes. Pero de todo, lo que lo hacía agitar eran aquellas dos palabras rojas, pues seguía anonadado por su regalo sin ser el cumpleañero. Este era su gran tesoro.
Como era de costumbre, dieron las tres de la tarde y ellos emprendieron una maratón por todo el pueblo, no hubo cuadra por la que no corrieron, persiguieron palomas, se compraron una mazorca y devoraron muchas bolas de helado de fresa, mandarina y maracuyá. Con un par de tizas polvorientas azules que Diente Chueco había encontrado en el baúl de su cuarto, dibujaron ocho cuadrados y un óvalo, organizándolos en una especie de escalera sobre el asfalto. Con uno o los dos pies saltaban en la rayuela.
Pasadas las ocho, acompañaron a Diente Chueco hasta la entrada de su casa, pues Samuel temía porque le fuese a suceder algo, como cada vez que ella se raspaba las rodillas al enredarse con los pies mientras corría, él era el primero en colocarle sus respectivas curitas. Rara vez, esa noche vieron a su mamá por primera vez, un cigarrillo entre el índice y el corazón tenía una cabellera negra larga y unos ojos oscuros que reflejaban el cansancio no solo del trabajo sino de un hombre que olía a alcohol a cada rato. “Si le quieres regalar algo el próximo cumpleaños, tendrás que trabajar como ella”, dijo Tomás con un tono serio, que provocó que ambos se soltaran a reír. Ellos desde la acera y ella desde la puerta, el pequeño diente que relucía en su sonrisa y esos ojos verdes del mismo color de las canicas fueron el último recuerdo que tuvieron de Diente Chueco.
A la mañana siguiente, con el balón dentro de la camisa, pasándose Tomás por un embarazado, fueron a gritarle hacia su ventana para que saliera a jugar. Un grito… Dos gritos… Tres de ellos, pero nadie contestó. “Extraterrestre”, “fea”, “Diente chueco”, y nunca se asomó.
—De pronto amaneció enferma —dijo Tomás, acariciando su bebé balón.
—Aun así, hubiera salido a la ventana —respondió Samuel—. Ayer no vi que se sintiera mal.
—Pues yo tampoco.
Jugaron como si nada, Samuel de portero, su área era el espacio entre dos piedras y Tomás de delantero, le alcanzó a meter cinco goles al niño hasta que Lupita, el pinscher del vecino, comenzó a corretearlos por toda la vía. Al siguiente día volvieron a buscarla, esta vez a la hora en la que el sol se duerme, pero obtuvieron el mismo resultado.
—¿Será que viajaron? —preguntó Samuel frunciendo el ceño.
—Lo dudo, no se ven que sean de las familias que viajan en vacaciones.
La sirena hizo que voltearan rápidamente sus cabezas hacia lo que ocurría a sus espaldas. Detrás, varios carros de la policía se estacionaban al otro lado de la calle.
—¿Qué está pasando? —a Samuel se le comenzó a agitar el corazón—. Tomás…
—Mira, están hablando con sus padres. Hagámonos allí —en cuanto se escondieron tras el arbusto, la policía los retiró del lugar. Solo alcanzaron a ver el líquido que de los ojos del padre escurría.
La noticia de Martina Suarez conmocionó a toda la comunidad, la desaparición de una pequeña niña de 12 años no era algo que ocurriera con frecuencia. La situación era desconcertante. Los periodistas de todos los medios de la ciudad peleaban por una mísera entrevista con los progenitores. Por seguridad, a todos los niños se les prohibió salir solos a las calles. Tal medida provocaba en Samuel un sentimiento de soledad en el que se hundía poco a poco, la preocupación por no saber el paradero de su amiga se le reflejaba en la falta de apetito y debajo de sus ojos chocolate.
Fugazmente el rumor de que Martina había huido en dirección hacia el profundo bosque se esparció como el viento. Era el primer sitio para comenzar las labores de búsqueda, según un vecino de la casa del frente, cuando este se dirigió al baño por sentir una incomodidad en el estómago debido a la cena, escuchó un fuerte estruendo proveniente de afuera, al asomarse, alcanzó a ver a alguien de estatura pequeña correr hacia el bosque.
Cuando los reporteros por fin consiguieron una primicia con los padres, todos los televisores del pueblo estaban en el canal donde presentarían la primicia, la expresión del rostro de los padres expresaban lo preocupados que estaban. Era imposible que la mamá derramara una gota más de sus ojos hinchados y ojerosos, mientras que el papá, se notaba que luchaba por mantener la cordura, cogía fuerzas de donde no tenía para ser útil a la policía y a los equipos de búsqueda.
Pasó una semana desde que comenzaron los grupos y aún no daban con su paradero. La desaparición de Martina era algo que Tomás ni Samuel eran capaces de digerir. Él creía que ella solo estaba jugando al escondite, una vez ella lo había hecho, se escondió dentro de un hueco que tenía uno de los troncos de ese bosque y fue muy difícil para ellos encontrarla. Cada que Tomás lo llamaba, él solo le decía:
—Solo está jugando.
Tratando de caer en su propia mentira, todas las noches se repetía lo mismo. Sus padres no le dejaban que viera el canal de noticias ni tampoco le informaban sobre la búsqueda. Aunque él no lo veía, Samuel estaba decayendo.
Una noche, conversando con Tomás por el teléfono, discutían de nuevo sobre el paradero.
—Llevan mucho buscándola en el bosque —dijo Tomás—. No creo que esté en el tronco de la otra vez.
—Yo tampoco —le respondió mientras enroscaba el cable del teléfono en su brazo.
—Pues si no está en el bosque… debe estar —Tomás fue interrumpido por Samuel.
—¡En la casa, ahí debe de estar! —dijo fuertemente con el dibujo que le había regalado en la mano.
—Imposible, Samuel, los padres no la buscarían, no estaría la policía —con un tono de cansancio—. No es así Sam…
—¡¿Tú qué sabes?! —le dijo agitado—. Tenemos que hacerlo, ¡hay que ir!
Y colgó el teléfono, guardó su tesoro dentro del bolsillo, agarró una linterna, bajó corriendo las escaleras y sin preguntarle a su madre, salió de su casa sin mirar atrás. Aunque no lo creía, Tomás, que vivía unas calles más cerca de Martina, lo estaba esperando en la mitad de la calle a que llegara.
—Vamos rápido —le dijo—. Creo que los papás están en el bosque.
Dieron las once cuando llegaron al jardín de su casa y como le había dicho, la puerta estaba completamente abierta. De igual forma, muy sigilosamente se acercaron y vigilaron que nadie estuviera dentro, se quitaron los zapatos, los escondieron detrás de unas materas cerca de la entrada e ingresaron.
La casa se veía muy normal. Al pasar por la sala ambos recordaron el momento en que ella les dio sus regalos. Aguantando las lágrimas, buscaron en el comedor, la cocina, la sala y el patio, pero no la encontraron. Al subir por las escaleras de madera, ya próximos a llegar al segundo piso, un estruendo los dejó perplejos. Habían cerrado la puerta, fue ahí que sus estómagos comenzaron a retorcerse y sus cuerpos a sudar frío. Tenían que seguir, ya habían llegado muy lejos.
Rápidamente buscaron en el baño, detrás del inodoro y dentro de la ducha, ahí notaron un muñequito de fresa que tenía grabado “Martina”. Después miraron en el cuarto de sus padres, estaba extremadamente limpio a comparación del resto de la casa, la cama bien tendida y cada objeto en su lugar, ahí debían tener muchísimo más cuidado. Sin querer, Tomás se enredó con una de las patas de la cama, haciendo que se golpeara con el mueble al lado izquierdo y que se cayera un frasco. Al tocar el piso, un sonido en seco fue suficiente para que la persona desconocida subiera.
Casi que volando lograron encerrarse en la habitación de Martina. Escondidos debajo de la cama alcanzaron a ver la sombra de los pies de alguien, el olor a alcohol les llegó inmediatamente. Cuando notaron que ya se había ido, pudieron respirar de nuevo. El cuarto estaba lleno de dibujos fucsias y morados, la caja de tizas azules estaba sobre la mesa de noche al lado de su cama, una lámpara en forma de flor y sus botas amarillas cerca de la puerta.
—Shhh… Mira muy bien por dónde caminas —murmurándole a Tomás—. No vuelvas a hacerlo.
—Perdón —con la cabeza agachada y con volumen bajito le respondió.
Después de inspeccionar y no encontrarla, solo quedaba por revisar el armario. Tomás lo señalaba. Ambos se miraron y mientras tragaban saliva, dieron un paso largo en dirección al mueble. La tensión se apoderó de la habitación, la pequeña mano de Samuel pasó entre las manijas del armario. Con un punzón en el corazón, el estómago a punto de salirse y con el miedo que volvieran a entrar al cuarto, Samuel tiró esa puerta hacia él. Ambos no podían evitar no mirar hacia otro lado. Tomás sintió unas profundas ganas de expulsar los espaguetis a la boloñesa que había cenado. Samuel, congelado, solo observaba.
Fueron diez minutos de completo silencio, aterrorizado, Samuel por fin consiguió acercarse a su cuerpo.
—Está… ¿Torcido? —dijo luchando por que la voz no se le quebrara.
—No, Samuel… Está roto —le contestó fríamente.
Martina Suarez fue encontrada por las autoridades 14 días después de su presunta desaparición. Lo que sucedía al interior de las puertas de la última casa de la calle Olmo era un misterio para todos, incluso para Samuel y Tomás. Martina jamás les hizo un solo comentario sobre lo que ella realmente estaba viviendo. Es más, los expertos creen que ni ella comprendía en realidad que lo que le hacían estaba muy mal, pues ella nunca mostró señales de alerta.
Tal vez, ella solo quería probar la felicidad, sentirse libre y no tener miedo a lo que estuviera detrás. Desde ese día, ni Tomás ni Samuel jamás volvieron a mencionarla, no saben qué pasó con los padres aparte de que desocuparon la casa y ahora está llena de cinta de escena del crimen. Tampoco volvieron a jugar rayuela o al escondite y, a pesar de que Tomás no volvió a mirar su dibujo, Samuel todavía le responde con un “te quiero” al suyo.



