"Si hay que tocar la constitución, hay que tocarla": Humberto de la Calle

Foto: Federico Ríos

Juan José Salazar Villamizar
Universidad Nacional de Colombia
Pocas figuras de la política colombiana han transitado con tanta persistencia y particularidad los caminos del poder como Humberto de la Calle Lombana. Hablamos de una trayectoria política extensa, controvertida pero importante en el escenario político de Colombia. Vicepresidente en tiempos turbulentos como el del proceso 8000, ministro cuestionado, magistrado, negociador de paz en la Habana, candidato presidencial en 2018 y senador, De la Calle ha sido artífice y testigo de los cambios más importantes de Colombia en los últimos tiempos: el declive de la democracia por el narcotráfico, la Constitución de 1991 y lo que parecía ser la consumación de un conflicto armado de más de 6 décadas que dejó alrededor de 10 millones de víctimas.
Humberto de la Calle conversó con VÍA PÚBLICA sobre los temas más controversiales de la actualidad política colombiana, sus pronósticos para 2026 y uno que otro tema que, en su momento, suscitó amplios debates en el círculo político. Nos adentramos en las convicciones y contradicciones de un testigo de primera mano de nuestra Colombia, de quien ha dialogado tanto con el Estado como con sus fantasmas. A continuación, el testimonio del hombre que se atrevió a dialogar la paz en un país que a veces la desprecia pero que también se vio involucrado en graves escándalos que comprometieron a los gobiernos de turno para los que sirvió.
Pregunta. Hace unos días presenciamos los acalorados debates sobre el hundimiento de la ley del “transfuguismo”. Inevitable recordar la controversia sobre su presunta doble militancia que culminó dejándolo en firme como Congresista. ¿Cuál es su análisis sobre este hecho? ¿Oportunismo político o posicionamiento eficaz para el 2026?
Respuesta. La pregunta me parece absolutamente pertinente y en particular, usted la plantea también alrededor del caso mío, siendo más pertinente por lo siguiente: cuando surgió la tesis del transfuguismo, derrotado recientemente, yo me opuse en cuanto, comprendo y acepto, como usted lo dice, que hay una discusión importante. Yo me pregunto, ¿qué tanto el partido es una cárcel o qué tanto puede imperar la libertad de sus militantes? Cabe acotar que son congresistas en representación de cierto partido y que toman decisiones en función de las transformaciones del funcionamiento político. Para mí, es un tema legítimo, uno no lo puede negar. Mi gran preocupación ha sido la oportunidad del asunto, porque discutir una norma de esta naturaleza en las cercanías de unas elecciones donde ya está en marcha una campaña, termina siendo una norma sastre que cada congresista mira si le sirve o no.
De hecho, me cuentan que la razón para negarla es que terminaba favoreciendo más al Pacto Histórico que a los demás. En últimas, considero que eso es producto de la inoportunidad de la discusión, no de la discusión misma. Yo me opuse a eso cuando me llegó el momento en el que tenía que decidir un año antes si yo permanecía preso del partido al que aleatoriamente terminé vinculado, o buscaba mi libertad y mi capacidad de acción política para lo que viene este año, lo cual puede ser simplemente una posibilidad de acción política. Yo no estoy de candidato y eso me permite proponer una visión objetiva sobre el asunto, pero entonces, me parecía inmoral que yo esperara esa norma del transfuguismo para más bien valerme de ese camino y no tener que renunciar al Congreso. Por eso, decidí retirarme del partido y siguiendo la ley y la jurisprudencia, la consecuencia era que me tenía que retirar del Congreso. Eso hace que usted haya dado en el clavo de la razón que me hizo tomar esa decisión en ese momento.
Ahora bien, considero que se hundió esta norma, básicamente, porque cada quien empezó a medir con la vara de la conveniencia. Hay muchas constituciones incluso donde se prohíben reformas electorales en el año anterior a las elecciones. ¿Por qué? Simplemente no es el momento más tranquilo y adecuado para tomar decisiones. No obstante, quiero aclarar que esa iniciativa del transfuguismo sí tenía dos enormes debilidades. Una, la inoportunidad ya en medio del fragor de la batalla, y dos, un evidente conflicto de intereses, porque cada congresista lo que estaba mirando es a mí qué me conviene más, a qué partido me meto y eso sí me parece absolutamente delicado.

Foto: Andrés Galeano
P. Lo anterior me lleva inevitablemente a su posición frente a las consultas y reformas del actual gobierno, que para usted son legítimas y correctas. Sin embargo, siguiendo su misma tesis, pueden resultar inoportunas ad portas de la contienda electoral de 2026. ¿Usted considera que la discusión en torno a las reformas y la consulta responde realmente a un interés genuino para favorecer a la ciudadanía o se posiciona como una catapulta del Pacto Histórico para alcanzar la Casa de Nariño nuevamente?
R. Yo diría, en abstracto, que una reforma laboral es elemento obvio y casi obligado de un programa político que emergió del deseo de cambio. Simplemente era natural, es más, de hecho, ha habido un largo trasiego en esa propuesta de reforma laboral que, considero, contiene temas absolutamente legítimos. En ese sentido, como usted bien señaló, me parece un error decir que es ilegítima en sí misma la decisión de consultar al cuerpo ciudadano, es inaceptable tal afirmación.
Sin embargo, lo que sí me parece es que en este momento, y en la forma que se está haciendo, hay un evidente deseo de utilización electoral, dándole gran poder al gobierno, pues movilizará a toda Colombia con dineros del Estado. No hay que ir lejos, ya estamos viendo manifestaciones como la reciente en la Plaza de Armas con los aprendices del SENA. Está bien, tienen derecho a discutir, pero desbalancea, más que la consulta, el panorama del 26. En ese sentido, sí me parece que Colombia es la que corre unos riesgos de mayor confrontación que podrían evitarse y hay que hacerlo. ¿Cómo? Volviéndose a sentar en el Congreso, aceptando la apelación para que regrese a la plenaria y luego que la discutamos por comisiones.
Cuando salió el cuestionario del gobierno, los gremios le tiraron la puerta en las narices a las preguntas, desconociendo que también hay una aspiración legítima de los trabajadores. A mí me parece un error decir que no se pueden revisar elementos de prestaciones o ventajas adicionales para los trabajadores. ¿Cómo será de paradójica esta situación? Los salarios dominicales los puso en marcha un presidente conservador que se llamó Guillermo León Valencia, abuelo de la senadora del Centro Democrático, a través del estado de sitio. ¿Cómo le parece? Y ahora nos aterramos por la discusión, 60 años después. No, la discusión es legítima, pero debemos analizar cómo se utilizará para catapultar posiciones en el 2026.
P. Vamos a concretar algunos asuntos: usted ha enunciado taxativamente que el cambio necesita demolición, reformar las bases, pero ya los límites son difusos. ¿Hasta qué punto cree que debe llegar la demolición? ¿Sí o no a la constituyente?
R. Usted y yo sabemos que pretender que el cambio sea sin tocar nada, pues, es una vana ilusión, realmente casi que es una tontería, un oxímoron.
¿Hasta dónde llegar? Pues hasta donde sea políticamente necesario y viable. Si hay que tocar la constitución, hay que tocarla. Verá, yo, que gesté la constitución, considero que sigue estando palpitante, vigente. Fue un momento de consenso en Colombia que hay que preservar, de los pocos que hemos tenido. ¡Ojo! Consenso no quiere decir que no discutamos, no quiere decir unanimismos, pero me parece que allí hubo una clara confluencia.
Pero si hay que tocar la constitución, se hace. Yo creo, por ejemplo, que si hay cosas que no han funcionado bien, que lo que hicimos en el 91 el tema de justicia no está funcionando bien. Lo difícil resulta en que cada que se trata de cambiar el tema de justicia, el Congreso se atraviesa o se atraviesan las cortes, pero alguien se atraviesa.
Las últimas decisiones, por ejemplo, trajeron controversia alrededor de lo que se llamó el equilibrio de poderes. Fue la propia Corte la que los echa por tierra. ¡Hombre! Y no hablar de la reforma política. Aquí, todas las reformas políticas mueren en el Congreso.
Entonces, no es que sea ilegítimo en abstracto pensar si hay que acudir a tocar la constitución e incluso para algún tema eventualmente, a través de mecanismos extraordinarios. Hay que perderle el miedo a repensarnos como país y aceptar victorias y derrotas. Yo perdí en 2018 y aquí sigo (ríe).
*****
De la Calle, ha aclarado que no aspirará a la contienda electoral del próximo año, sin embargo, aquí la única certeza que tenemos es que el país sigue cuesta abajo y que la Casa de Nariño será ocupada aquel 7 de agosto por una nueva y barnizada esperanza de cambio, como cada cuatrienio. Seguiremos en nuestra tragicomedia, nos indignamos un sábado, votamos mal el domingo y nos arrepentimos el lunes. Pero, ¿cuánto más aguantaremos si seguimos creyendo que cambiar de piloto basta, cuando el avión ya se está cayendo a pedazos?



