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Un almendro y medio
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Isabella Arrubla

Universidad de los Andes

Me miró a los ojos como queriendo descifrar el por qué de mi mirada y la raíz de mi sentir. Yo me fungí en su cuerpo y en su recuerdo y en su similitud a los almendros -que no conozco y que no recuerdo- como queriendo explicarle que ni yo me entiendo.
 

Escuché su voz y pensé en la mía y en lo curioso que suenan en un mismo espacio y en por qué lo hacen y en cuándo dejarán de hacerlo. ¿O es que acaso las almas han comenzado a navegar al pulso de los peces y las plantas? En la frecuencia aquella donde un respiro no es ni tanto ni poco, ni suyo ni mío, sino solo… un respiro.

Me pareció que el calor de la habitación representaba lo que nunca representa. Fundirse, encontrarse. Encontrarse fundidos y fundiendo. Fundirse para siempre encontrarse. Chispeó la madera, la savia y la yema de mis dedos al percibir que el pensamiento se plasmaba en tinta. Comprobé, por infinita vez, que las palabras no dichas, esas que se sienten en el pecho, en el ombligo y en el pulmón, conjugan también el verbo de abrazarse en el balcón.

Me imaginé el ayer y el hoy y el mañana para concluir que, por ahora, todos y al mismo tiempo, saben a melocotón en el mar. A labios jugosos y salados. A ojos chiquititos y arrugas al costado. Me imaginé el ayer, el hoy y el mañana, para concluir que a su lado me sentía en la sabana. Acompañada, libre y arrullada. Saboreando la exquisita inmensidad del silencio y contemplando un horizonte que no se palpa, pero que sin duda se inhala y vaya que se siente.

Se entrometió una voz y me preguntó: qué curioso eso de las caricias, ¿no? Es la piel hablando y las pestañas cantando y la sangre corriendo como yo cuando pienso en lo que pienso y el querer se convierte en miedo. Como si no hubiese un espacio entre el allá del precipicio y el acá de lo real. Porque la verdad es que no creo que lo haya. Y si lo hubiera… qué más da. No sé habitar espacios inconclusos como el sabor de una lágrima que no es de sal aun cuando a eso saben mis lágrimas y ese es el único espacio que parezco saber habitar.

Probablemente salía ya la luna cuando me cuestioné: es que cómo le explico al tiempo y a él y a los almendros que yo sé que soy, aunque no siempre estoy. Y por como él existe me parece que él es y está. Y no sé cómo, pero me encanta y creo que me conviene porque qué tal los dos volando no como cometas sino como meteoros, de esos que se pierden en la inmensidad del cielo y de la imaginación y de las cosas que nunca pasan pero que terminan por consumirnos como colilla en invierno. Tal vez ya se pilló que mi mente deambula en laberintos que pertenecen mucho más al más allá que al más acá, pero qué lindo porque me deja ser. Sin preguntas, sin nada más que unos ojos que no me entienden pero que van sin prisa; casi como hablando el idioma de los sauces llorones, de las piedras de río y de esa flor que seguro hablaba y que aquel día me miraba.

Afuera ya era oscuro cuando comprendí que en mi cabeza, los segundos saben mucho a tamarindo, de tanto en cuando a trufa y en las noches a jerez. Luego vislumbré una estrella, de esas que vuelan como el deseo que se pide, pero siempre a destiempo y siempre cambiante. En el momento no supe si era estrella o no estrella, o tiempo a destiempo, o deseo cambiante. Solo sé que un olor a almendro se posó en mi hombro y que muy probablemente, a la mañana siguiente, saldría el sol.

ISSN: 3028-385X

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