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2026: un futuro electoral incierto

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Tatiana Cadena Banguera

Universidad del Valle

En trocha destapada y sin jinete claro, Colombia avanza hacia las elecciones del 2026 como un caballo desbocado, sin brida ni destino. 

Como en cada época de contienda electoral, el país perpetúa su cruel guerra ideológica, que en un principio era bipartidista. Hoy continuamos en un duelo de vanidades, donde las ideas importan menos que los nombres que las sostienen. Aquí no se confrontan proyectos de nación, sino apellidos.

En este país parece que el poder se disputa en redes, en titulares de última hora, en la manipulación del miedo. Pensar diferente es un pecado y disentir, un crimen. Las redes sociales se han convertido en tribunales, donde cada día se ajusticia a alguien sin derecho a réplica.

La maquinaria de cada clan político está puesta a trabajar para asegurar su presidente en 2026, pero esta vez con una rareza histórica: termina el primer gobierno de izquierda en la historia republicana.

Después de tanto insistir, Gustavo Petro llegó al poder. A través de sus redes sociales, con su discurso logró encender en los jóvenes y los sectores populares la llama de la esperanza. Su victoria fue, en parte, la respuesta de un pueblo harto de un Duque anodino, un presidente que gobernó desde el espejo retrovisor, culpando a su principal opositor por cada tropiezo. Y así, sin quererlo, le tendió la alfombra roja a su sucesor, convirtiéndolo en el mesías que supuestamente vendría a enderezar los caminos torcidos.

El "gobierno del cambio", como se autodenomina, pudo haberle cerrado las puertas del poder al uribismo. Sin embargo, el líder de izquierda no entendió que ya era el presidente de la nación. Su papel era liderar.

Petro, el rebelde de las redes, cruzó el pantano con la misma espada con la que se abrió camino. Su gobierno no fue de silencios estratégicos ni de acciones contundentes, sino un incesante monólogo de más de 280 caracteres. Gobernó más como un gladiador de X que como un estadista. Y en los delirios de persecución que manifestaba en sus trinos se perdió la esencia del poder: administrar para todos, incluso para aquellos que nunca lo quisieron.

Mientras Petro perdía su popularidad, la derecha se acomodaba. La misma derecha que dirigió a Colombia por siglos hoy vocifera soluciones desde la oposición, soluciones que nunca implementó cuando tuvo el mando.

Los derechistas ahora apoyan marchas, gritan por dignidad. Quieren exorcizar la "horrible noche" que, en su relato, impuso este gobierno. Mientras tanto, los seguidores de Petro justifican lo injustificable, abrazan la incoherencia de su líder como si fuera virtud. No cuestionan, no exigen: creen.

La política en Colombia no se ha degradado; simplemente nunca alcanzó la altura que su esencia más noble supone: el arte de servir.  Nos enseñaron que gobernar es un deporte de élites, un juego amañado donde gana quien tiene el andamiaje político para asegurar millones de votos. Mientras tanto, el pueblo observa desde la grada, ovacionando a sus verdugos.

El panorama para 2026 es confuso: no hay claridad sobre quiénes serán los candidatos oficiales de cada partido ni qué sector político podría ganar las elecciones.

Las maquinarias políticas, maestras en el arte de la estrategia, saben que no pueden lanzar un solo candidato. Darle rostro al enemigo significa ofrecer un blanco fácil a la oposición. Por eso han llenado la mesa con una baraja de nombres que apenas inspiran. Ahora, al parecer, ser presidente no requiere experiencia, preparación ni visión de Estado. Basta con tener trinos virales y cazar peleas en redes sociales.

La derecha se muestra dividida, la izquierda se fractura bajo el peso de sus propios errores y el centro, quizá con una propuesta viable de nación, sigue sin levantar la cabeza, pasando de agache entre estas dos fieras.

ISSN: 3028-385X

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