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Un pianista in Crescendo

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Crescendo Arte

Carolina Vargas Velandia

Universidad de la Sabana

Valentina Hernández Otero

Universidad de la Sabana

“El mejor profesor del mundo”. Así lo define Santiago, su pequeño aprendiz que toma lecciones de piano a las 5 de la tarde.

Mueve sus manos con agilidad y energía sobre las teclas de un piano antiguo grande C Bechstein que llena la esquina del salón con piso laminado. A ratos parece olvidar que está en clase con el coro de pensionados y se transporta a un estado de trance creativo. Su esposa lo regaña por improvisar arreglos, pero él solo responde con una sonrisa pícara mientras endereza su espalda. Hay unas 20 personas reunidas en la sala principal de la academia; solo 4 son hombres. El director y guía de esta sección es Raúl Castaño, un hombre de 68 años, amable y muy bromista. Le apaga la luz a los que entran al baño, olfatea el PegaStick y espera poder untárselo en la nariz a quien se acerca, hace muecas y suelta comentarios juguetones en sus conversaciones. Sale a recibir a sus distintos alumnos, que van desde los 8 hasta los 80 años, y organiza tertulias con más de 100 amigos y vecinos todos los jueves a las 10 de la mañana. “Su gente” es muy importante para él. Busca unirlos. 

Cada persona que entra a Crescendo Arte, su academia, lo hace con una sonrisa. Los integrantes del coro de adultos mayores disfrutan de estar allí: no solo por el canto, sino por el ambiente de familia que se siente. “No te vas a querer ir”, le dijo una de las sopranos a una nueva integrante. Exalumnas de los coros más jóvenes, como Sofía Rodríguez, dicen que Raúl las “hace sentir como en casa, es familia”.

Raúl, ganador del Premio Mono Núñez 1998, y Claudia, su esposa y soporte, se paran al frente, empiezan a estirar y hacen un par de calentamientos vocales e inauguran el ensayo con el sanjuanero Dulce Negrita… hasta que las contraltos, como de costumbre, se empiezan a perder y Miss – como le dicen los estudiantes a Claudia Isaza– empieza a estresarse. Raúl está en su salsa, pero con su mirada siempre fija en su amada para intentar seguir su dirección –palabra clave: intentar–. Ser disperso es solo uno de sus rasgos característicos, pues Raúl también es, como dice su estudiante de hace más de 10 años, Mariana Hernández, “un niño chiquito que sabe mucho”. Un profesor comprometido, flexible y poco convencional, que tiene sus métodos para potenciar al máximo a sus educandos –observándolos en silencio, tocando con ellos o haciéndoles bromas–. Su alumno pensionado German Rojas, contó una anécdota: “Yo estaba ronco y, yo no sé qué hizo este señor, pero me hizo cantar bonito”.

Los orígenes

Hacia finales de la década de los 60, en una casa de la carrera 7ª con 69, el pequeño Raúl espiaba por unas puertas de vidrio las clases de piano que recibían sus hermanas mayores. Su primera comunidad fueron sus 7 hermanos: 6 también tocaban el piano, mientras que el último cantaba, pues tenía una discapacidad física que le impedía tocar instrumentos. Su mamá influyó en su gusto por la música y el pie de manzana. Las clases las dictaba la exigente maestra Margarita Bomersbach –una de los 220 refugiados que escaparon de Hungría a Colombia luego de la Segunda Guerra Mundial y la Revolución Húngara de 1956– quien era muy tradicional al instruir con sus métodos y piezas.

Raulito, como lo llaman los estudiantes más pequeños, comenzó a sacar a oído lo que aprendía a escondidas, gracias a su inteligencia musical —concepto propuesto por el psicólogo estadounidense Howard Gardner— muy desarrollada. Las personas con esta habilidad son capaces de detectar matices en las melodías, pensar en términos de ritmo y dirigir conjuntos en los que hay que tener en mente muchos elementos de la obra a interpretar. Uno de los estudiantes pensionados de Raúl lo define perfectamente: “él está allá y acá, con nosotros y haciendo arreglos. Yo no sé cómo hace”. La respuesta es que la maestra Bomersbach había descubierto un prodigio: por eso cuando apenas tenía 14, lo escogió para hacer un recital en el Teatro Colón de Bogotá, pues desde el inicio vio su potencial. Este mérito que refleja su talento excepcional fue también el debut del joven Raúl, que desde entonces suele guiarse más por su “mapa mental” que por las partituras. 

En 1975, llegó la bailarina y docente Claudia Isaza a la vida del maestro. 5 años después, se casaron. Castaño invitó a Isaza a ayudarlo en la iglesia Porciúncula con el coro que estaba formando. Tiempo después, Julio Terront los invitó a cantar en un centro comercial que administraba, siendo precursores en actos de ese estilo. Luego, el director de Yamaha, donde Raúl trabajaba como demostrador de instrumentos desde 1977, quiso ponerlos a cantar también frente a sus tiendas. Y así, dice Claudia, “llegaron bendiciones”: desde la Ópera de Colombia hasta Disney World; en 1986 con el coro de La Clave, Raúl inició su segunda familia. La tercera, con su esposa y sus futuros 3 hijos. Pero en últimas, todo es una sola familia. Una muy grande, que va creciendo.

Una academia nómada

85 alumnos de todas las edades cruzan las puertas de la casa de dos pisos desde 2024. A la izquierda está el mural rojo, trasladado desde su antigua sede, con palabras que representan los valores de la academia: responsabilidad, compromiso, amistad, respeto, alegría... Luego la cocina y, escondida dentro de ella, un salón insonorizado para clases de batería. Al lado del mural hay una galería de fotos que retratan la vida e historia de sus fundadores y el salón de coro. En el segundo piso había clases privadas sucediendo en los 3 salones dedicados a piano, canto y guitarra. Al fondo del primer piso, un patio que ellos mismos nivelaron para “disfrutar de los días soleados”, conecta con el salón principal, donde el piano grandote, uno de los 6 que tienen, cabe. Si entra, Crescendo sabe que ahí será la nueva sede. Fue con lo único que Raúl se quedó al separarse de su anterior academia, La Clave, además de su coro. Sin decir una palabra más, se fue y abrió Crescendo Arte en 1996. 

Pronto, muchos de sus alumnos antiguos se las ingeniaron para encontrarlo y hacer parte de la recién nacida academia. Todo tipo de perfiles se formarían allí y Raúl sembraría algo en ellos. Por ejemplo, Stefano Boccaci tomó clases de piano por 6 años y en la actualidad trabaja en la Yale Philarmonia como director, o Pablo Tedeschi, quien hoy en día es productor musical y ha trabajado con FOX, SONY, RCN, entre otras: comentó en Facebook “Por eso es que él no dudó en contratar como demostrador de órganos electrónicos a un niño de ni siquiera 13 años, a quien esa experiencia le cambió la vida, y que casi cuarenta años más tarde sigue siendo músico profesional. ¡Gracias, Raúl!”. — Pablo era el niño al que le cambiaría la vida, por si no quedó claro. 

Miss Claudia caracterizó a Raúl como práctico, aunque minutos después delató su tendencia acumuladora. Al mudarse de su quinta sede –la más amplia que han tenido–, luego de que los dueños subieran abruptamente la renta, donaron desde partituras hasta sus adorados instrumentos. ¡Claudia casi pierde por error una guitarra muy fina que le habían regalado a Raúl! Menos mal se dio cuenta, pues luego de arreglarla, los profesores de guitarra quedaron en shock por su aparición milagrosa en la academia. Algo que nunca saldrá de Crescendo serán los pianos:  el de su difunta hermana Charo, el negro de Yamaha que se la pasa arreglando –sí, Raúl se conoce cada parte, incluyendo los más de 100 tornillos que toca quitar para limpiarlo–, el adorado Cashman de su hija Laura y todos los demás.

Seis sedes no vinieron por diversión. En la primera, los preocupó un sótano secreto, donde parecía que ocultaron drogas en el pasado; en la segunda, tercera y cuarta, los dueños pidieron el espacio para construir edificios –una realidad cada vez más frecuente en Bogotá–. Y de la quinta ya se conoce su historia. Finalmente, en 2024, encontraron su sede actual, justo frente a la que alguna vez ocuparon. “Esta casa ha sido una bendición en todos los sentidos”, dice Claudia. Con vecinos que suman al proyecto –por ejemplo, la escuela de culinaria que vende sus productos en las tertulias de los jueves– Crescendo espera que esta sea su última mudanza, “al menos hasta que Dios permita”.

El hombre detrás del músico

“Nosotros confiamos mucho en Dios. Él siempre está con nosotros”, dice Claudia. Son muy católicos. El número 6 parece perseguir a Raúl: nació en 1956, tuvo 6 sedes y 6 pianos. Pese a las creencias populares negativas, en la numerología el 666 significa resiliencia, empatía e intuición. Asimismo, se asocia con debilidades como el enfoque en lo material y la obstinación. Miss ya nos habló de la primera, pero la segunda no es excepción: sus debates con una de sus hijas lo delatan. 

Aunque todos sus hijos tienen la vena musical, la única que se decidió por la misma carrera de Raúl fue la menor: Laura Kalop, quien – también– ganaría el Premio Mono Núñez, pero no en la misma categoría de su padre, con un disco que fusiona ritmos del altiplano cundiboyacense y pop… algo que aún no le convence a Raúl. Él creció con música andina tradicional, concebida como “pura” —por algo participó y ganó en el Festival de Música Andina Colombiana “Mono Núñez”—; mientras que Laura tuvo una educación musical más globalizada. Aunque siguen chocando por ello, los logros han sido la evidencia del respeto por la labor que Raúl le enseñó desde pequeña. “Mi papá me ha inculcado valores muy estructurados, pero siempre desde la cordialidad”, dice Laura. 

El Festival Mono Núñez es el evento más importante en Colombia para la música andina. Hace una selección previa por región, para que después, el jurado, en el Festival Ginebra Valle, dé a conocer los resultados de los ganadores por mejor ejecución, mejor obra inédita, mejor grupo instrumental, mejor grupo vocal, entre otras. Raúl ganó en la categoría de obra inédita y su hija Laura ganó 2 veces en otras categorías. 

Lo que ha logrado y lo que viene

Hablar de Raúl sin mencionar la música es prácticamente imposible. Cuando tenía 21 años, presentó su obra inédita Paisaje Latino en el Festival Internacional Electone (1977), organizado por la Fundación Yamaha. Más tarde, en 1998 ganó el Premio Mono Núñez en la categoría mejor intérprete, con la obra “A mi tiple”. En 2001, junto a 4 colegas crearon el grupo Fiesta Social, de música tropical bailable. A lo largo de todos estos años ha grabado numerosos discos de música andina, entre esos, Inmerso, su trabajo más destacado según los críticos —refiriéndose a la interpretación de piano que tiene “un sello que solo Castaño puede ofrecer”—. El discípulo de Jaime Llano ostenta, además, el título de Miembro Honorario de la Academia Colombiana de música desde 2015. Tiene una reputación de exponente versátil y vanguardista, gracias a su dominio de la música tradicional colombiana, así como de los instrumentos electrónicos. 

El 6 de abril de 2025, casi un año exacto desde la vez que lo homenajearon —a él y a otros amigos y colegas músicos— en A toda una vida, en el marco del Festival Mono Núñez, Raulito volvió al escenario del Teatro Julio Mario Santo Domingo para la apertura de la edición 51 del mismo evento. Este año acompañó, junto con el coro infantil, a María Isabel Saavedra con dos canciones emotivas —una escrita con figuras teóricas que a Raúl le costó entender—. Haber ganado en el año 1998 implica, indirectamente, que siempre vuelva a los premios, bien sea para estar sobre el escenario o para mezclarse entre los asistentes. Cuando alguien toca el tema del premio, trata de llevar la conversación a otro lado o repite “yo no me lo merecía, hay gente mucho más talentosa y mejor que yo”. Sin embargo, Kalop afirma que no conoce a una persona que tenga algo negativo por decir de su maestro de vida, y mucho menos que crea que este homenaje no fuera merecido. Porque así es Castaño: un aprendiz constante. Hoy en día busca tomar clases de piano jazz con uno de sus exalumnos, pues, como dijo Mariana Hernández “él es muy humilde, sabe que no lo sabe todo”.

Tras casi 30 años creciendo con Crescendo, Raúl sigue pensando en modos de reinventarse cada día. Logró combinar dos constantes en su historia para su proyecto de vida: la música y el sentido de comunidad. La prueba está en lo que dicen tantos alumnos y amigos que se han formado junto a Castaño e Isaza. “La música sin fronteras es infinita como infinito es el amor de los directores de este coro” (Elsa San Juan), “todas las cosas lindas que hacen hace tantos años son fruto de la dedicación, esfuerzo y amor tan grande que los une” (María Andrea Ortiz), “los papás musicales de tantos niños, jóvenes y adultos” (María Fernanda Heredia). La lista podría seguir. El legado de Raúl trasciende de lo musical y llega a tocar lo personal. 69 años de historia, de comunidad, de música. Sobrellevó una pandemia, cambios de sede, cambios de academia, de personal. Solo queda pensar en las cosas que vendrán para Raulito, que hoy posa sus ojos azules en las partituras y prefiere dejarlas a un lado para seguir por su cuenta en su trance creativo. “Lo que espero para mi futuro es algo sencillo: que la música no muera en los jóvenes y que logren amarla tanto como yo lo hago”.

ISSN: 3028-385X

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