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Ver volar mierda al zarzo

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Alejandro Sánchez

Universidad de Antioquia

Corría Medellín en plena época de la violencia (debo explicar que, aunque la violencia en Medellín no cesa, se conoce y acepta el término para denominar una época así, a pesar de que la violencia no deja de ser paisaje en la capital mundial de la cocaína). Los paramilitares estaban en la tienda de Don Víctor tomando aguardiente al puro estilo paramilitar, repartiendo, gritando, alardeando plata, ganado y fincas de nombre largo, bautizando caballos como si fueran oraciones bíblicas, echando piropos acerca del culo de cualquier mujer medianamente decente que se les cruzaba en la acera del frente. En fin, no dejaban de ser jíbaros, de actuar como jíbaros y de pensar como jíbaros (si es que en ellos residía tal facultad de pensar, o alguna similar, pues).

 

Gritaban, o más bien berreaban:

 

-Hoy hacemos limpieza, va a volar mierda al zarzo.

 

Pedían mercado en unos costales: dos kilos de queso, seis mil de arroz, siete libras de carne, cuatro paquetes de pasta de chocolate. Hacían compras como para alimentar un batallón. De tanto beber, mandaban comprar el aguardiente por kilo en lugar de por mililitro.

 

Al finalizar, se pararon dispuestos a montarse en su moto. Uno se alcanzó a subir, el otro se estaba poniendo el casco, cuando Don Víctor les gritó: 

 

-¡Viejo, la cuenta!

 

Ese hampón, el cual se creía amo y señor del barrio, que se pensaba irrebatible (si es que pensaba, pues), que no concebía que nadie le alzara la vista para dirigirle cualquier palabra que no fuese un “sí señor”, se volteó como se lo permitía la borrachera, mirándolo de reojo muy despacio. Lleno de ira mezclada con aguardiente, hirviéndole la sangre y el alcohol de las venas, con mucha exageración sacó un revólver y se lo apuntó en la cara.

 

-Vea la plata viejo gonorrea -exclamó-. Y écheme cuatro pilas doble A.

 

Don Víctor, ni corto ni perezoso, sin exageraciones ni dilaciones, metió la mano debajo de la vitrina, buscando el pedido resignadamente.

 

El jíbaro volvió con su costal para depositar las pilas, mientras se chocó con una botella de aguardiente en el piso. Se agachó a recogerla para ver si tenía licor todavía y pensó: “qué va, voy a pedirle otra a este enano pirobo”. Al subir la cabeza, tuvo en la frente una pistola nueve milímetros propiedad de Don Víctor. La había sacado con gran rapidez del fondo de la vitrina.

 

-Vea la devuelta hijueputa -le dijo Don Víctor antes de vaciarle la carga del arma.

 

Tres balas le abrieron la cabeza. Volaron sesos y sangre hasta la moto del compañero, los ojos rodaron por el suelo, el cerebro inútil de ese gordo gamonal de barrio estuvo abierto sobre la acera de la tienda de toda la vida. Mejor dicho, en todo el sentido de la palabra, y teniendo en cuenta lo que el asesinado tenía en la cabeza:  efectivamente, voló mierda al zarzo.

 

El compañero prendió la moto. El aguevamiento de pasarse de tragos no lo dejó avanzar más de un metro. Don Víctor salió con la pistola recargada y le metió cuatro tiros por el mismo hueco, con una puntería rigurosa, sacramental. Casi religiosa y divina, como ayudado por la divina providencia. Lo religioso fue para los habitantes oprimidos de aquel barrio lóbrego que con la muerte de ese viejo coprófago ya no iban a pagar vacuna.

 

No supimos más de Don Víctor hasta diez años después. Vendió su tienda, compró una finca y se fue a vivir a Jericó donde también había paracos, pero de otro tipo de paracos. Llegó a un acuerdo con los jefes de ellos, que al final eran los mismos jefes de los que había matado. Estaba intercedido por un hermano político cercano a un concejal, que, sobra decirlo, también hacía parte de esos jefes.

 

El arreglo fue que no lo molestarían si pagaba una platica por tres años. Al fin y al cabo, esos que tenían en ese barrio no eran ningunos duros sino cualquier par de sapos que vigilaban cualquier cosa, en fin, sangre sin oficio.

 

Y así fue saldada la deuda. Al final, otro par de sapos llegaron al barrio. Esperamos que Don Toño, el de la otra tienda, tenga guardado algo aparte de pilas doble A debajo de la vitrina.

ISSN: 3028-385X

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