top of page

Y en honor al amor: la locura

Amores.jpg
El beso. Auguste Rodin
Ana Karina_edited.jpg

Ana Karina Canchila

Universidad del Quindío

Si es amor, claro que debe ser brutal, visceral, entrañable, de otra manera, ¿se le podría llamar amor? Sinfín de casos podríamos enunciar sobre las ostentosas batallas que libramos en la gallardía de amar, pero ya lo hizo Carlos Chernov en Amores brutales, quien "…paseaba pensando que, así como los sabores no se disfrutan si uno está resfriado, lo mismo ocurre con la vida si no hay amor" (p.12). Palpita profundo y con fuerza en nosotros el apetito de amar, sentir, anhelar, tal como lo hacía en Willy, el asesino; destella lo transmutable y lábil de esta esencia. De cualquier modo, la vida es disfrutable solo en pasiones y para ello llegamos hasta aquí. Buscamos insaciables el clímax de nuestra felicidad y, al encontrarlo, descubrimos que pareciera que existiese un límite para esta y que, al acceder a la gran aventura del goce, restringimos el deleite de otros. O bueno, así sucedió con los pordioseros, prostitutas, mendigos y gordos sacrificados en el ritual de la erección del pene de Wally, quien pensaba que la fealdad justificaba el asesinato. Ansias de placer, en todo caso. 

Divaguemos entonces en la dicotomía entre amor y placer. Platón plantea en El banquete o del amor la durabilidad del fiel amante que ha hallado un alma bella a la que aferrarse y cuya pasión no terminará porque se regocija en el interior; el placer, sin embargo, arrasa con toda superficie, sometiéndola a la sequía y al deterioro como respuesta a la unilateralidad del amante dominante. 

Después reconoció que su pensamiento estaba influido por sus propios gustos: a él no le atraían las cincuentonas gorditas. Pero debía considerar que después de esa escena, ella se habría transformado. Ya no era la misma mujer. Habría gritado, desesperada de dolor, humillada, en cuatro patas como una perra. Al mutilarla él la había poseído totalmente (p.70).

Aquel placer que aviva la excitación, transforma la imagen de su víctima o, al menos, a la vista de su asesino. Así, ambos sucumben en un sometimiento, la víctima a la violación de su verdugo y el asesino, a su vez, a los deseos de la carne, tan poderosos y brutales que doblegan su voluntad. 

Ahora, no designaremos la responsabilidad completamente al amor. Sobre la premisa del bien y el mal como balance estable de la trayectoria de la vida, encontraremos la soledad. Inimaginables acciones llegaremos a ejecutar incentivados por la escasez de calidez humana, nos desdoblamos en depredadores que devoran a sus presas en privilegio de una red trófica, la perfecta muestra de manifestación del poder social. “… todas las mujeres eran tan complicadas, en cambio ésta no le hacía resistencias ni reproches. Permanecía silenciosa, sumisa. Era el prototipo de la rubia tonta llevado al nivel de máxima perfección” (p. 47). Por supuesto, nadie, amordazado por el profundo abandono, elegiría amar a alguien con sobriedad intacta. Buscamos al débil, nos urge un humilde servidor que se subyugue a nuestras peticiones. Fragmentamos la libertad del otro, invadimos sus pensamientos y deseamos, incansables, amar, poseer. 

Así, evidenciamos códigos en la continuidad de las narraciones cuyas interpretaciones son invitadas a discutir entre los rincones del deseo sexual, el placer, el amor y otros demonios. Todos estos personajes experimentaron la pasión de ser poseídos, frenesí que nos transporta a las interminables estanterías de una biblioteca, en las que cada libro ha de ser leído y encantado con perspicaz singularidad, lo que, a la luz de las distintas historias, da cuenta de la abstracción del amor; una pareja porno usa su cuerpo como instrumento y sus almas como lazos de lealtad, un triángulo amoroso interrumpe un matrimonio que, incapaz de ser destruido, es consumado en la tumba. “Tuvo una hemorragia cerebral a los cuatro meses de la muerte de su esposa. Lo enterraron en la misma tumba, encima de Claudia. Estarían juntos para siempre. A Isabel nadie le avisó, se enteró por las necrológicas” (p.89). Asimismo, al lector nadie le avisó que descubriría la precariedad de sus previas o presentes aventuras pasionales en comparación con las de Amores brutales

Por ahora no tenemos nada más para contar. Los próximos incidentes pasarán de su lado. Suponemos que lectores infectados nos llamarán a la editorial para insultarnos, para llorar o para unirse a nosotros. Reconocemos que una infección es una forma muy descortés de proselitismo (p.118).

El autor juega con creencias culturales y sociales que tejen asombrosas historias, todas ellas abordadas desde el realismo con un toque de fantasía. Finalmente, somos invitados a formar parte de estas narraciones. ¿Qué no hemos vivido lo suficiente para escribir nuestras propias hazañas? Es más, Chernov nos adopta generosamente en la continuidad de su obra. Ha pasado una semana desde la lectura de Plaisir d'amour y aún no me visita Milena, o Malena, puede que siga abierto el canal, o quizá, espera por un lector empedernido como tú.

 

Bibliografía

Chernov, C. (1992). Amores brutales. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2025 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page