Agosto 2025
Edición N°11
ISSN: 3028-385X
Me niego a admitir el fin
Sebastián Muñoz
Universidad del Rosario
Durante el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Marquez recordó con emoción al escritor estadounidense William Faulkner, quien dijo “Me niego a admitir el fin del hombre”. Esta frase es la que da origen a este escrito y da pie para hablar de un posible salvavidas para Colombia. Nos encontramos, o siempre hemos estado, en una realidad sobrecogedora que, con el paso del tiempo, se vuelve irreversible. Me explico mejor: somos un pueblo condenado a la soledad, un pueblo inmoral, un pueblo en el que habita ese cáncer que parece eterno llamado corrupción, que ha gobernado durante años los designios de esta nación.
En nuestro país no pasa nada, porque llegamos al punto en el que todo lo permeó esa condena que tenemos. ¿Qué nos queda? ¿Rendirnos? ¿La vía del pesimismo? Tomo algunas de las palabras de Faulkner: me niego a admitir el fin. La democracia es nuestra responsabilidad; cambiar esa realidad que tenemos por una nueva visión en la que tengamos oportunidades, en las que dejemos atrás las condenas y olvidos, sí es posible. Para referirme a la tesis de Michael Sandel, profesor de la Facultad de Derecho en Harvard, hoy nos encontramos al frente de un descontento democrático. En términos generales, estamos ante una ruptura, un quiebre en la idea de la democracia; esto nos conduce a la insatisfacción.
La historia de Colombia nos ha impulsado a rendirnos, a entender que somos un pueblo inmoral, en soledad, que perdió confianza en su modelo de gobierno. No es la primera vez que un presidente se ve envuelto en escándalos de corrupción, y me temo que Petro no será el último si no reaccionamos. Lo que tenemos que mirar de fondo son las rupturas que esto está causando en una sociedad que ya está en conflicto y que pide a gritos soluciones. El diagnóstico es aún peor cuando perdemos la fe en el sistema político, pues la ilusión democrática se va desgastando y eso se materializa en los gobiernos: la pérdida de popularidad, la lucha de extremos, los problemas económicos, la ineficacia y el desgaste de las políticas públicas.
Gustavo Petro llegó al poder como esa opción de cambio, de transformación, que podía revertir esta realidad en la que llevamos más de cien años de soledad. Sin embargo, se volvió un mandatario de tarima y permeado por la corrupción. Es que hasta el primer gobierno de izquierda en Colombia no se salvó de las garras de esta lacra. ¿Cómo le pedimos al pueblo que confíe? ¿Cómo un país que ya se acostumbró a esto puede asumir una visión distinta? Conforme pasa el tiempo, y se agrava la situación, las expectativas crecen, pero no falta el siguiente titular o próximo anuncio para que la confianza y la eficiencia decrezcan.
La apatía y el desinterés del pueblo colombiano no son fenómenos recientes. Hemos sido testigos de un sistema que repetidamente le falla a sus ciudadanos. La justicia o llega tarde o nunca lo hace, las oportunidades no conocen estar en igualdad y el conflicto armado nos ha hecho odiarnos entre hermanos. Este ciclo de desilusión y desesperanza se alimenta a sí mismo, perpetuando una narrativa de impotencia. Es fundamental romper este ciclo y comprender que el verdadero cambio no vendrá de un solo líder o de una promesa vacía, sino de un esfuerzo colectivo y sostenido para reconstruir este país desde sus cimientos.
La única manera de revertir esta tendencia es recuperando la confianza en nuestras instituciones y en nosotros mismos. Necesitamos líderes que no solo hablen de cambio, sino que actúen con integridad y transparencia. Es imperativo fomentar una cultura de participación activa, donde cada individuo se sienta responsable y capaz de influir en el destino de nuestra nación. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia; el momento de actuar es ahora. Me niego a admitir el fin de nuestra esperanza y de nuestra capacidad para crear un futuro mejor. La historia puede ser reescrita, y somos nosotros quienes debemos tomar la pluma.